CAPÍTULO TERCERO

Los años pasan. Mi mansión ya está prácticamente edificada. Los campos que me rodean están en plena producción. Son contratados braceros de los pueblos cercanos. Algunos desaparecen, pero nadie los echa en falta. El dinero tapa las bocas, y mi fortuna sigue creciendo.

En mi último viaje, he llegado hasta el Brasil. De ahí me he traído una mujer que me ha fascinado. Su piel es como canela fina, pero su cabello es rubio, largísimo y totalmente alborotado. El odio brilla en sus ojos. Vivía refugiada en cuevas, pues los lugareños querían colgarla, la acusaban de sacrificar niños en prácticas de brujerías. Mis hombres consiguen capturarla, aunque a uno de ellos le arranca un ojo con sus manos. Me encanta su salvajismo. Nuestro buque zarpa con la bodega llena. Todos se hacinan como animales. Bueno, casi todos. Mi hermoso animal salvaje espera en mi camarote, donde está esposado. Se ha desvestido. ¡Qué cuerpo, Dios mío! Aún joven, pero con las cicatrices del amor reproducidas en su cuerpo como un mapa de la pasión.

Deseo poseerla ahí mismo. Ella comprende mi desesperación, y ante mi sorpresa, habla en mi idioma. La sorpresa continúa, cuando hablando ceremoniosamente dice: Si quieres hacerme tuya, cásate conmigo.

No doy crédito a sus palabras. Desenvaino mi daga para acabar con aquella insensata, pero un pensamiento cruza mi mente: ¿Por qué no?

Envaino. Coja la pequeña llave y le quito los grilletes. Ella no se abalanza a mí, como esperaba. Estaba expectante. Finalmente digo: Te acepto. Cásate conmigo, sólo pongo una condición, tu nombre anterior no me importa, deseo que te llames como la figura que evocas en mi mente.

De acuerdo, responde la salvaje, ¿Cómo deseas llamarme?

Medussa, simplemente Medussa. Peligrosa y letal, ardiente y misteriosa. Serás mía para siempre.

Llamo al capitán de la nave. Reúno a la tripulación en cubierta. Ante el estupor general, ordeno que nos case. Para celebrarlo abrimos barriles y barriles de ron. Me siento generoso. También damos alcohol a los esclavos. Mezclamos hombres y mujeres. Medussa da muestras de su carácter arrojando varios cuchillos a los prisioneros. La noche promete diversión.

Tras la celebración, vamos al lecho. Medussa me devora, casi literalmente. Me araña, me muerde, me golpea. La sangre corre entre las sábanas. Sonríe satisfecha: eres el primer hombre que no grita de dolor. ¿Cómo voy a gritar si lo que siento es un placer infinito?, respondo. Se echa en mis brazos. Estamos hechos el uno para el otro.

Llega la mañana. Vaciado por el placer, me acerco a las bodegas. Las celebraciones han dejado entre los esclavos al menos doce muertos. Un mar de hiel y sangre lo emponzoña todo. Medussa surge tras de mí. Pasa sus manos por el suelo y se las impregna del pegajoso humor. Se embadurnó su casi desnudo cuerpo. Es la mujer perfecta.

Pasa el tiempo. Se ve la costa inglesa. Deseo llegar a mi hogar con mi nueva adquisición. Nos reciben nuestros fieles sirvientes negros. Echo en falta a Xaiou Qu. Pregunto por él. Los criados se miran entre ellos y me hacen un gesto. Me acerco a un barracón.

Falleció ayer, responden al unísono. Lo íbamos a enterrar ahora. Contemplo en cadáver. Ven la incredulidad en mis ojos. Xaiou está totalmente destrozado, le quedan poquísimos trozos de carne sobre el hueso. Hay cientos y cientos de señales, como de pequeñas mordeduras por todo su cuerpo. Parece como si una jauría de minúsculos animales le hubiese carcomido el cuerpo. Aunque los dientes parecen humanos. Ya sé que es algo absurdo, porque en la hacienda no hay niños, y además ¿Qué criaturas podrían cometer un espanto así?

Mi flamante esposa recorre los infinitos pasillos de la mansión. Observa las caballerizas, las mazmorras, los sótanos. Pide que le construya unas habitaciones para ella, donde disfrutar con sus juegos. Soy incapaz de negarle nada.

Las noches se suceden inquietas. A unos gritos desgarradores, de tonos muy agudos, se suceden llantos infantiles, risas inocentes. Se hace insoportable. Su eco retumba allá donde uno esté.

La situación se torna complicada. Una mañana, la oriental encargada de prepararnos el baño desaparece. La hallan en un barracón abandonado, con la garganta seccionada, vaciada de sangre, y sin los ojos en sus cuencas. Decido tomar cartas en el asunto. En mi casa, las prácticas aberrantes son patrimonio exclusivo mío, y de Medussa desde ahora. Vamos a iniciar una cacería.

Elegimos de entre los sirvientes y los esclavos, incluso de los más fieles. Medussa se encarga personalmente de hacerlos hablar. En sus nuevas habitaciones se encarga de ellos. Los desgarra poco a poco, les descoyunta los miembros, les quema diversas zonas de sus cuerpos. No consigue sacar nada en claro. Bueno sí, su sangre, que se aplica por su cuerpo con deleite.

Dejamos correr el tema. Puede que el autor ya no esté en la hacienda. Pero los sonidos nocturnos continúan. Mi mujer se levanta en la noche. Yo hallaré el origen de esto –me dice- . En efecto, todas las noches desaparece, y los gemidos no vuelven.

Pasan unos pocos años, empiezo a retomar mi anterior vida. Estoy escribiendo el diario, quiero que la posteridad sepa lo que es la felicidad para mí.

Por la puerta entra Medussa. Beso su boca. Olor a sangre. Mi amor…

Pero tras ella surgen varias figuras siniestras. La penumbra las oculta. Cuento los cuerpos, uno, dos….hasta siete. Ahora se muestran a la luz. Son todas iguales. Rostros sucios, ennegrecidos, harapos miserables, son todas mujeres, más bien chicas, de 13 ó 14 años.

¿Pero….? No alcanzo a preguntar, Medussa se anticipa a mis pensamientos: son heptillizas, hijas de Julia Branson. Ni el baño en agua ponzoñosa pudo con ellas. Ahora son mis chicas. Juntas gobernaremos esta mansión. Tú sobras.

Pero tu me amas, respondí. Infeliz, contesta, yo sólo me amo a mi misma. Y a estas niñas, que necesitaban de alguien que las comprendiera. Durante estos años he sido una madre, una amiga, una confidente. Sólo deseaban una cosa: acabar con aquél que ordenó su muerte. Así que tu momento ha llegado. Lo siento, llegué a ser feliz contigo, pero todo se acaba.

Las chicas se abalanzan sobre mí. Suplico a Medussa, antes de morir, que acabe el diario por mí. Quiero que las generaciones venideras vean en mí al gran hombre que siempre he sido.

Me obedece por última vez. Coge la pluma y observa con que minuciosidad, con que perfección, mi carne es arrancada con diminutos mordiscos que me llevan a una muerte agónica y lacerante……

C O N T I N U A R Á :