¿Caín? extraño nombre, reflexionó Orkas, y... espera, le contestó su compañero. Quiero que sepas que están pasando cosas muy extrañas, el mundo, tal y como lo conocemos, está llegando a su fin, he oído decir que se acerca la época de la muerte de los dioses. Una nueva era se abrirá ante nuestros ojos. Están llegando a esta isla poco a poco, para perecer, fundidos en la nada.
¿Cómo puedes saber todo eso?. Pregunto sorprendido. Porque tengo conocimiento de ello, el que da de comer a la gacela me lo ha dicho... pero dejemos el tema, nos estamos adentrando en el páramo donde habita la bestia, el páramo del Caracol.
Intentando asimilar toda la información recibida, Orkas agudizó sus sentidos al penetrar en el páramo. Multitud de canales semicirculares erigidos en piedra viva conformaban una especie de sinuoso laberinto.
Ahora te hablaré de Caín. Nadie no apartaba la vista de los pasadizos mientras hablaba: Llegó aquí hace mucho tiempo, es hijo de la serpiente pitón de Delfos y de Tifón, la bestia que habita presa bajo el monte Etna. La monstruosa pitón, antes de ser destruída, parió a Caín, que llegó a estas costas ayudado por Poseídón.
Es como una gran serpiente, pero con una cola llena de pinchos afilados como lanzas, y por la boca escupe una miasmas más aridente qu la hiel. Además, su piel es muy difícil de atravesar.
Orkas ni se inmutó. El plan de ataque ya lo había desarrollado en su mente, así que se puso manos a la obra.
Subió a lo alto de la más alta roca que conformaba el armazón del caracol y encomendó a Nadie la labor de cabalgar a toda velocidad por los pasadizos.
¡Estás loco, no pienso hacerlo, no quiero morir estúpidamente!.
Hazme caso y la piel será tuya, se limitó a decir Orkas.
Nadie recapacitó. Con esa piel podría retirarse definitavemente, dejar de guiar a ricos terratenientes aburridos. Cualquier poderoso pagaría aunténticas fortunas por ella.
Aceptó el desafío, y enfiló el desfiladero que se hallaba a su izquierda. Galopó durante minutos, hasta que finalmente escuchó el viscoso reptar del ser inmundo.
Caín no apareció por detrás, como parecía ser, sino que surgió ante él de forma repentina. Antes de poder reaccionar, escupió un enorme chorro de su viscosa ponzoña. Aterrado, Nadie huyó, pero la cola espinada le cerraba el paso. Cuando el fin se acercaba, oyo un grito: ¡Caín, toma tu regalo!
La serpiente levantó la cabeza, y en ese momento una flecha atravesó su ojo y se incrustó en su diminuto y maléfico cerebro. La bestia expiró en cuestión de segundos. Instantes después, Orkas ya estaba desollando al inmundo ser.
¿Cómo es posible? Nadie no daba crédito.
Muy sencillo, si a una flecha le pones como punta un diente afilado del león de Medea, regalo del gobernador militar de Tespia, todo es más sencillo.
Nadie no salía de su asombro ante tamaña sangre fría. Después de terminar de arrancar la piel en una pieza, la dejaron bien oculta y siguieron su camino.
Cuando al fin salieron del maléfico caracol, continuaron por un sendero que ascencía hasta una colina. Alli se divisaba un valle donde, sorprendentemente, había presencia humana.
Se fueron acercando con precaución, hasta que lo que vieron les quitó el aliento a ambos:
Un grupo de mujeres, las más hermosas que se pudiera imaginar, bailaban despreocupada y sensualmente. Las túnicas cuasi transparentes que las cubrían estaban confeccionadas con hilo de plata elaborado por los dioses. Les indicaban por gestos que se acercaran. Sus cabellos, cubiertos de flores, se agitaban al viento al compás de la danza.
Orkas sintió convulsionarse su interior. Debía mantener la calma. Su instinto de cazador le hacía no fiarse de ser alguno, por bello que fuese.
Sin embargo, a Nadie le ardía la sangre. La pasión lo corroía. Al veer sus ojos enfebrecidos, Orkas le ordenó que se calmase, pero fue inútil.
Azuzando a su caballo, descendió enloquecido la colina, sólo había una idea en su mente, poseer a esas mujeres...

C O N T I N UA R Á