BEHIND THE WALL OF SLEEP.

Es Navidad. Difícil fecha para las almas solitarias. Al contempla las mudas paredes de su dormitorio. Un par de felicitaciones para recordarle la fecha en la que está, le saludan desde su mesita de noche.

Se levanta y se dirige al bar a desayunar. No olvida llamar a su madre, para la cena de Nochebuena. Sí, acudirá, uno más entre la marabunta de padres, hermanos y sobrinos, hasta una tía abuela, como reliquia de tiempos pasados, que contemplará el cuadro como todos los años, inmóvil en su mecedora de caoba.

Sus pocos amigos han desaparecido,. Por circunstancias de la vida, todos han convergido en una ciudad que no es cuna de ninguno, y en estos días regresan al hogar materno. Sólo queda Alice, su amiga, su mejor amiga. Si lo piensa, es quizás su única amiga de verdad. Sólo con ella es capaz de vaciar sus sentimientos.

Alice es hermosa, aunque para Al es su amiga, y no quiere que sea algo más que eso. Rehúye el enamoramiento, sus pasadas experiencias han supuesto una losa demasiado pesada sobre su castigado corazón.

Sabe que su amiga sólo tiene a su madre. Viven solas, pero se bastan y sobran. Mutuamente, se hacen compañía y se dar calor. Al las envidia con cariño. Qué daría él por haber tenido alguien así, que fuese su amigo, su confidente, su almario. Aunque, bien pensado, en Alice había encontrado lo que siempre había buscado. Y ella en Al, un alma gemela donde nadar sin miedo al abismo.

Últimamente, nota extraña a la chica. La ve mortecina, en un estado de aletargamiento que se acentúa poco a poco, pero que es inexorable.

La vida de Alice ha sido una sucesión de desencuentros constantes, cree que cualquier tiempo pasado fue mejor. Últimamente, su mente no deja de retrotraerse a su adolescencia, a su primera juventud, a sus primeros amores….Al no sabe como decirle que no es bueno estar siempre con la mente puesta en el pasado, que el presente hay que vivirlo y tomarlo lo mejor posible, que es nuestro puente hacia el futuro.

Alice le hace una confesión a Al: está prisionera de sus sueños. No sabe como, pero un día, de lo más profundo de su subconsciente, emergió un fantasma. Sí, no estaba loca, no había soñado con un fantasma, era el fantasma de los sueños, que le mostraba su pasado, el sitio donde, según él, nunca debería haber salido Alice.

Es un lugar tan placentero, exclamó Alice, que no deseo salir de ahí nunca. Los brazos del sueño me transportan a lugares tan hermosos, a experiencias tan divinas, que siempre quisiera vivir ahí. La vida, lo que entendemos por vida normal, se ha convertido en una tortura, es un estado que tengo que sobrellevar como sea, para que vuelva a llegar la noche y regalarme unas experiencias únicas, mis experiencias, mi verdadera vida, la que perdí y acabo de recuperar.

Pero, responde Al, ese fantasma, como tú lo llamas, está acabando contigo. Eres una sombra de ti misma, te está alejando de tu esencia real, de tu existencia aquí, entre nosotros, conmigo, y te está llevando a la negación de ti misma. No puedes vivir en una ilusión, debes intentar salir de ella.

¿Pero cómo se puede luchar contra un sueño?, replica Alice. Además, soy tan feliz, que no deseo despertar, aunque es el propio fantasma quien extiende su mano y me hace volver a la vigilia.

Al se da cuenta que toda conversación es inútil, no lleva a ninguna parte. En su mente sólo cabe una solución. Ir a buscarla allá en sus sueños, y rescatarla de ese espíritu que la tiene prisionera, que la aleja cada vez más de su realidad, de su mundo.

A la noche siguiente, Al se acuesta. En su mente está el firme propósito de soñar con Alice, pero los sueños son entes con vida propia, son seres independientes. Sus sueños no son más que vagas divagaciones por experiencias rutinarias, por sucesos que le han acaecido, por hechos absurdos, como sueños que son.

Necesita saber como hallar a Alice en la profundidad de la noche. Lee, se documenta. Algunas teorías abundan en que los pensamientos obsesivos provocan sueños relativos a dicha obsesión. Con la mente puesta en ello, empieza a pensar en Alice.

Piensa en sus problemas, en como poder ayudarla, en lo que la quiere, en que es todo para él, que no quiere perder su amistad ni su confianza, en que esos minutos de conversación todos los días con ella son como el aire que respira.

Sin poder liberar su mente de Alice, de sus problemas, de sus dudas, es vencido por el sueño. Esta vez, la obsesión ha surtido efecto. Al ir deshaciéndose las brumas del estado de duermevela, se abre ante sus ojos un universo de luz. Es un sueño diferente, tiene la percepción de que se haya ante un mundo por explorar.

Se contempla a sí mismo. Su aspecto es normal, no percibe nada diferente en sí mismo, sólo unos tremendos deseos de caminar. A través de una inmensa llanura, comienza a gritar un nombre: Alice, Alice, Alice….. De pronto, en la lejanía, escucha una risa. Tal vez esté a cien metros, o tal vez a un millón de kilómetros, pero no tiene duda alguna: es Alice, y la risa la percibe delante de él. Los metros se suceden, pero Al no desiste, no siente el cansancio, hasta que, en la lejanía del inmenso páramo, encuentra un muro que abarca todo el horizonte.

Paso a paso, zancada a zancada, el muro se percibe más y más grande, alto, imponente. Brillante como la plata recién bruñida, refleja toda la luz del sol. Ese era el universo de luz que vio al entrar en el sueño, pensó Al.

Del corazón del muro, justo hacia donde se dirigen sus pasos, va emergiendo la figura de una puerta. Forjada en plata repujada, es el portal más grande que el viajero ha contemplado en su vida. Sus dimensiones son mayúsculas.

Llega por fin a los pies del muro. La gran puerta está ante él. No hay cerradura, no hay aldaba con qué llamar. Sin temor, acerca su cabeza, oye voces y, esta vez, de forma nítida, escucha la voz de Alice.

Golpea la puerta con fuerza. Un leve sonido amortiguado, sin eco alguno, es lo que obtiene por respuesta. La puerta no se ha inmutado. Repentinamente, una voz atrona desde el interior. Al se sobresalta, pero espera. La voz repite dos veces: ESTÁS DETRÁS DEL MURO DEL SUEÑO.

CONTINUARÁ