Al desea entrar, no sabe como. Grita con toda la fuerza que le es posible, suplica que le dejen pasar. Finalmente, exhausto, sentado frente a la puerta, escucha la voz que anteriormente le sobresaltó desde el interior, diciéndole: ¿Porqué no llamas a Alice?.

El muchacho se siente tonto, y empieza a repetir: Alice, Alice… cada vez más fuerte. Cuando ya le duele la garganta y ve que no se produce reacción alguna en la puerta, se siente desesperar, impotente, inútil, hasta que la voz le habla por tercera vez: te recuerdo que estás ante los muros que encierran los anhelos de tu amiga. Ella siempre amó la forma dulce en que la llamaban de niña. Es así como desea ser llamada. Por lo menos, aquí dentro.

El muchacho empleó el poder que le dan los sueños. Se vio en el interior del hogar de Alice, contempló a su madre llamándola por la mañana: cariño, cielo, hijita…todas esas y otras expresiones de amor, normales en una madre hacia su hija. Regresó de inmediato ante el muro, repitiendo las palabras, pero el resultado seguía siendo baldío. Desesperado, se devanaba los sesos buscando una solución, hasta que recordó un hecho crucial: Alice era huérfana de padre desde que ésta tenía diez años.

Pero, ¿Cómo podía saber como la llamaba su padre? Los sueños, sueños son, no permiten adentrarse en el mundo de los muertos, sondear las almas en su eterno descanso. De todas formas, sobrevoló por el dormitorio de la chica. Eran numerosas las fotografías donde aparecía su padre. Alice lo adoraba, nunca superó su pérdida tras aquel accidente, donde ella resultó ilesa y perdió a lo que más quería, a su padre.

En todas las imágenes, la niña abrazaba al padre, con sus trofeos de ganadora. De niña había sido una nadadora excepcional, la habitación rebosaba de copas y medallas. Precisamente, el accidente se produjo de vuelta de su última competición. Alice siempre contaba el orgullo que su padre sentía, que para ella era su…..

Volando hacia la enorme puerta, simplemente susurró: Sirena… y la puerta se abrió. Sin ruído, muy lentamente, pero le dejó pasar.

Una vez traspasado el umbral, una luz cegadora le hizo cerrar los ojos. Segundo a segundo, su visión se fue amoldando al blanco resplandor. Frente a él, surgió por ensalmo una presencia etérea, de rasgos indefinidos, a apenas un palmo de su cara, que le dijo: Adivina quien soy, y podrás continuar tu búsqueda. Si no, vuelve por donde has venido. Sólo te doy una oportunidad, así que muy atento a lo que vas a escuchar:

Traspasar las nubes quisiste lograr

El Dios del aire, el hijo del cielo

Ser la bóveda celeste tu suelo

Más nunca lo conseguiste alcanzar

Todos sepan tus idas y venidas

Salir de tu oscuro anonimato

Ser fuente de noticias, ser el dato

Más todo fue como el oro de Midas

Todo quedó en nada, destino cruel

Tú vida siguió igual, llena de tedio

Días de dulce almíbar, otros de hiel

Pues te equivocaste de medio a medio

No vinieron las abejas a la miel

Lejos te quedaste, no hubo remedio.

Al no lo duda, responde inmediatamente: Eres el espíritu de los sueños incumplidos. No hay duda.

El joven cree sentir una sonrisa esbozada a través de la brillante presencia. Adelante, pues, responde, puedes traspasar el umbral. Ahora, te deseo suerte de corazón. La evanescencia se difumina y ante sus ojos surge una puerta abierta. La traspasa, y la sorpresa, como no podía ser de ora manera, continúa. Ahora sus ojos asimilan el verde y la plata. Un prado enorme, infinito, con una fuente en su centro, formada por múltiples imágenes mitológicas, de la cual mana agua por cientos de bocas, manos, instrumentos de caza, cornucopias….

Unos niños se acercan a él. Inmaculados, de blanco cegador, sonríen ante su presencia. Hola, acierta a decir Al, ¿Podéis decirme por donde puedo seguir?. De repente, los pequeños hombrecitos giran sus cuerpos, y donde deberían estar sus espaldas, surgen rostros de lindas niñas con prendas también femeninas.

Claro que te lo podemos decir, nosotros y nosotras – hablan alternando sexos – pero sólo te pedimos una cosa, por favor:

Al ya se ve devanándose su confundida mente, pero no hay más remedio…

Venga, ¿Qué queréis).

Quiero que le pongas nombre a nuestra fuente. Pero un nombre que nos guste, que sea el que nos identifique con el manantial. Que todo aquél que oiga nombrar a la fuente, piense en nosotros.

Esta vez el muchacho no duda….

C O N T I N U A R Á :