Bien, Ele, respndió Aerëon, deja lo que estás haciendo y acompáñame.

No puedo hacerlo, no puedo acompañarla. Su padre no lo aprobaría. Hace casi veinte años, cuando no era poco más que una niña, me sentenció. No debo hacer lo que pretender pedirme. No volveré a desatar las fuerzas, a la negra invocación.

Pero – la ama estaba sorprendida, ¿Cómo sabes lo que quiero?

¿Y por qué sino iba a venir una señorita como usted, escoltada por ese perro guardián, a hablar conmigo? De alguna forma debe haberse enterado. Pero mi respuesta es no.

Espera un momento, no te precipites. Yo sólo sé algunas cosas, no toda la historia. Acabo de saber de la existencia de esas extrañas muñecas, que tú las conoces y que por ello tuviste problemas, y que por ello la gente te teme. Además, te llamanban sacerdotisa pero ¿De qué?.

Escucha, dijo la dueña, esos objetos estaban en una habitación perteneciente a una antigua propietaria, llamada Medussa. Por lo que he leído sobre ella, trajo de Brasil sus conocimientos y sus artes de la Kimbanda, pero no sé más. Por lo pronto, si me vas explicando estas artes, saldrás del barracón y pasarás a la mansión, al ala de los criados de confianza, no tendrás ningún trabajo específico que hacer, salvo explicarme lo que yo te pregunte. Ah, y no te preocupes, de mi padre me ocuparé yo, no se enterará de nada. Esto es sólo el principio. ¿Qué tal te suenan las palabras libertad y dinero?.

Ele no pudo por menos que sonreír. Parecía que se iban adivinando el pensamiento la una a la otra, anticipándose a la siguiente pregunta. Armand asistía, entre sorprendido y serio, a la escena. Dos personalidades tan similares, y en medio de ellas, unos oscuros rituales. No le gustaba nada, nada. Por ello, haciendo un gesto a su dueña, la alejó unos pasos de la presencia de la esclava, diciéndole:

Señora, por favor, no se fíe de esa mujer. Déjelo estar. Soy estúpido, no tenía que haber dicho nada ni haber manifestado sorpresa al ver esos juguetes. Puede ser algo peligroso. Aléjese de ella, no preveo cosas buenas en esta alianza.

Vaya, vaya, contestó escéptica Aerëon, ¿Con qué ahora tenemos un nuevo adivino, un nuevo maestro en la hechicería?. Que bien te lo tenías guardado, mi fiel y bobo Armand.

El enorme negro agachó la cabeza. Hacía tanto tiempo que ya no recordaba lo que era sentirse humillado por su ama. Aunque eso no cambiaba nada. Él era su esclavo y le debía fidelidad eterna.

Pasan un par de días. Su padre y su madrastra regresan de Londres. Sus pequeños hermanastros han viajado con ellos. Ya tienen tutores y nurses que se encarguen de ellos. Emily da sus primeros paseos por sus propiedades. Montada a la amazona en un pequeño caballo cimarrón, va observando como se multiplican las zonas de labor, los talleres, las factorías.

Vuelve a casa satisfecha. Un poco antes de llegar a las caballerizas, se cruza con Aerëon. Se dirigen frías formas de cortesía. De pronto, un pequeño esclavo, un niñito de no más de siete años, se cruza corriendo ante el caballo. Éste, sorprendido, relincha. Emily, furiosa porque casi cae sin querer, da con su fusta en el rostro del chiquillo. Este, con la sangre surcando su negra piel, llora desconsolado. Cuando va a repetir el golpe, la mano de su hijastra toma su muñeca.

¡Eres una mala bestia! – espeta la chica a su madrastra. Deja a ese pobre chico, miserable.

Emily descabalga hecha una furia. Le da un sonoro bofetón a Aerëon, diciéndole: no vuelvas en tu vida a ponerte del lado de un esclavo en mi presencia. Ellos son peores que perros, y nosotros sus amos. Nunca lo olvides. Tendré que hablar con tu padre de este incidente. Espero que te castigue como mereces.

Con lágrimas de impotencia en sus ojos, la joven corre a refugiarse en la quietud de su cuarto. Se acuesta boca abajo en la cama, quiere que su almohada sea el único testigo del fluir de su odio en forma de llanto.

Sin embargo, nota una presencia que eriza su nuca. Unos ojos están puestos sobre ella, no hay duda.

Se gira, y detrás de ella, junto al dintel de la puerta, esta Ele, que observa fría, imperturbable. La chica trata de enjugarse las lágrimas. No, llora, está bien. Arroja tu ira, le dice la esclava. Bien, cuanto te encuentres mejor, llévame a ese lugar donde hay cosas que deseas enseñarme…

Al poco rato, y acompañada de su sirviente, se encamina al dormitorio de Ele. Los tresdirigen sus pasos a la buhardilla recientemente profanada. Ahora es más sencillo quitar los ladrillos. Pasan. Encienden los carburos y la negra contempla absorta.

Bien, dice Aerëon tomando uno de los muñecos en sus manos, ¿Qué es esto?

Verá, señora, en sí no son más que muñecas, forman parte de un universo mucho más amplio, de unas creencias que vinieron con los esclavos. En el gran África, en el corazón de la selva, a orillas del gran Zaire, practicábamos la adoración a un Dios desconocido, que unos llamaban Magara, y otros sencillamente invocaban. Así, gracias a él, se unían el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, por ellos veneramos a los espíritus. Sin embargo, no todo era bueno. Algunos chamanes, cegados por la ambición, emplearon el poder de los espíritus como intermediadores entre los seres animados y los carentes de vida para hacer el mal. Capturaban el espíritu de sus víctimas, para trasladarlo a estas pequeñas réplicas de barro o de madera, y los manipulaban a su antojo. Normalmente, la venganza y el odio eran sus fines, y por ello se hicieron muy poderosos.

Siendo niña, un hechicero me exigió como pago por las deudas que había contraído mi padre con él. No se portó mal conmigo. A cambio de ser su criada, me fue enseñando sus artes oscuras.

Cuando llegaron los esclavistas, el jefe de la tribu fue seleccionando los que llenarían la sentina del barco. Temiendo represalias de mi amo, mandó ejecutar al hechicero, anciano ya. Cuando se quisieron llevar a mi padre, supliqué irme con él.

El resto ya es historia. Era una niña, casi adolescente. Debía hacerme respetar. El deseo de los hombres y la envidia de las mujeres, sin una familia que me protegiese, darían buena cuenta de mí. Por ello, recurrí a las artes aprendidas en las noches sin luna.

Bueno, dijo Aerëon, tras tan completa explicación, ¿y cómo acabó todo?

Vera, mi ama, a veces dominar el mal es muy difícil, se introduce en tu alma y te vuelve el corazón de pedernal. Empecé a volverme ambiciosa, a torturar a aquéllos que me amenazaban. Acabé siendo temida, pero un día, casi como un divertimento, masacré a un compañero que me ignoraba. Yo lo deseaba, pero él a mí no. Clavé las agujas muy profundamente, las retorcí – mientras lo contaba, apretaba uno de los muñecos, hasta poner tensos los tendones de sus manos – hasta que falleció, convulsionando de dolor, en su cama, junto a su compañera.

Entonces tu padre, enterado de todo, me amenazó con sesgar mi vida si seguía con ello. Me apartó a un barracón solitario, entre enfermos y dementes, hasta que el tema cayó en el olvido. Fue un infierno. Sobreviví, pero con la lección bien aprendida, es por ello por lo que temo volver a recorrer ese oscuro camino.

Pero es que ya no recorrerás sola, dijo Aerëon. A partir de ahora, iremos juntas hacia lo oscuro. Y si caemos, siempre tendremos la mano de Armand para sujetarnos en la caída, ¿Verdad, mi fiel escudero?

El sirviente asentía, sin mostrar el menor gesto en su rostro. ¿Qué podía decir? Todo se tornaba inevitable ya. Su ama decidía. Su ama mandaba. Y además estaba Ele como maestra de ceremonias.

Los días pasaban lentos, eternos. Ni las clases de piano, ni sus estudios de historia o de latín distraían a Aerëon. La luna no acababa de cegarse. Jugar con sus pequeños hermanos le aburrían mortalmente. La visión de su madrastra le provocaba náuseas. Sólo la presencia de su padre le era gratificante, pero por sus constantes viajes de negocios a Londres apenas lo veía.

Finalmente, llegó la tan esperada noche. El cielo estrellado, refulgente,al no haber nubes y la luna estar nueva, ausente.

C O N T I N U A R A :