El pueblo está en el centro de un valle, largo y estrecho. Sus habitantes viven en una existencia tranquila, apacible. El ganado, los campos, la madre naturaleza los nutre con generosidad, hasta esta última primavera.

De pronto, sin dar lugar a las pequeñas variaciones habituales, que indican el cambio de estación, llega el calor. Los campos se agostan, los manantiales que cruzan la gran vaguada se secan. Los primeros animales empiezan a caer, faltos de comida, sin agua. Ahora todo el sustento debe ser guardado en espera del frío, los animales tendrán que aguantar o morir. Las reservas alimenticias, encerradas en grandes graneros, son abiertas. Pero, para sorpresa general, el alimento está podrido. Infectado de plagas y parásitos, poco queda aprovechable.

Los habitantes deciden racionar los víveres, deben durar hasta que la situación mejore. Consiguen llegar a duras penas al otoño. Pero apenas llueve, los campos no germinan, los animales no logran recuperarse, al contrario, mueren más y más, en un goteo lento pero continuo. Por lo menos, sus cuerpos van sirviendo de alimento, aunque saben que es un remedio temporal que se acabará volviendo contra ellos.

Cae la lluvia, pero en forma de granizo que arrasa con todo. Aunque los manantiales han vuelto a recuperar el agua, la situación se torna dramática.

El día amanecía desapacible. Sobre la aldea soplaban los primeros vientos del noroeste. Fríos, cortantes, empezaban a dejar su rastro de escarcha por las mañanas.

Ante lo dramático de la situación, que amenaza con tornarse irreversible, una representación de los habitantes se encamina a casa del hechicero, del mago que, moribundo, espera su final en poco tiempo. Llegó al pueblo nadie sabe cuando, pues los supera a todos en edad. Entre todos, acude un labrador que lleva la voz cantante, acompañado de su hijo, un muchacho que quiere despuntar hacia hombre, pero que tiene alma de niño.

Shaga - le dice el hombre al anciano - no hace falta que te diga que el pueblo muere, que el valle muere. Algo está sucediendo, y necesitamos ayuda.

Mi vida se va - responde dificultosamente - mi cuerpo y mi mente no pueden hacer un supremo esfuerzo, mi magia se escapa por los poros de mi cuerpo, pero alguien puede hacer el trabajo por mí. Sólo necesito una persona de corazón puro y con valor, que sepa mirar cara a cara al miedo. Él puede devolver la vida al pueblo.

Pero, ¿Quién es, cómo lo sabrás?

Haced que los muchachos pasen ante mí, y lo sabré.

En fila de a uno, todos los jóvenes del pueblo dejaron que los ojos de fuego del sabio penetrasen en los corazones y las mentes de los jóvenes, hasta que, girando la cabeza, se fijó en el muchacho que estuvo con su padre un rato antes.

¿Porqué no ha venido este muchacho?

Es demasiado joven, no creo que….

¿Quién eres tú para decidir? A ver, chico, acércate.

Miró a sus ojos, tomó sus manos, y percibió la determinación y la fuerza interior.

Bien, bien, creo que no hace falta que siga buscando.

¿Cuál es tu nombre?

Soy, He, de la familia Thor, mi nombre es He-Thor.

Bueno, He, me queda poco tiempo, habrá que actuar con rapidez. La única persona que tiene la respuesta es el Anciano de la Montaña, el Ermitaño que vive sólo en la más alta cumbre. El camino es largo y duro, y además, para llegar, tendrás que pedir permiso al Señor de las Alturas, al Dominador de las Alturas. Sí, ya sabes a quién me refiero, al Rey de las Montañas.

¿Y cómo podré hacerlo? Nadie del pueblo ha subido jamás. Son cimas nunca holladas por pie humano.

En eso te equivocas. Todos los sabios, los hechiceros, los magos, hemos llegado alguna vez a la morada del Ermitaño, del Sabio asceta que conoce todos los arcanos. Y será a él a quien tengas que acudir. Además, tendrás una ayuda especial.

¿Y quién será, quién me acompañará, qué persona…?

Ninguna persona, esperaremos a la primera nevada anunciante del invierno.

Todos se alejan, esperando esos días de frío, a que la nieve haga acto de presencia. Parece que nunca llegará, hasta que finalmente….

Ante la visión de los primeros copos, todo el pueblo acude donde el brujo. Éste pide que lo levanten y lo sostengan, ya no puede ni andar, le queda poco. Exige salir al exterior. Cubierto con una larga y negra túnica, sacando fuerzas de nadie sabe donde, exige que lo suelten. Su cuerpo se mantiene enhiesto. Estira sus brazos. Sus manos, vueltas hacia arriba, parecen implorar. Con los ojos cerrados, reza una secreta letanía. Los copos de nieve, más y más espesos, empiezan a arremolinarse en torno al anciano. De pronto, todos convergen en un punto del suelo. Empieza a formarse un montículo nevado, que va creciendo más y más. Se va tornando en forma de efigie, parece un animal, hasta que un niño exclama: ¡Mirad, ha hecho un perrito con su magia!

En efecto, un enorme, gigantesco perro esculpido en nieve, en posición de andar, se muestra ante los asombrados hombres y mujeres.

Pero la sorpresa no acaba ahí. Anda un par de pasos y lentamente, se pone de rodillas ante la estatua blanca. Entonces sopla sobre el hocico, diciendo: perro de nieve, anda, dirígete hacia tu amo y llévalo hacia las cimas nevadas, debe encontrar las respuestas.

Se abren unos párpados blancos, bajo ellos surgen unos penetrantes ojos verdes. Comienza a andar con majestuosidad hacia el muchacho. Colocado ante él, le habla sin abrir las fauces: muchacho, prepara tu hato y vamos, el viaje será largo.

El hechicero se desploma sobre la nieve. Los asombrados campesinos lo cogen y lo llevan a su lecho. Ahí, exhausto, les habla: procuraré vivir hasta que el chico regrese. Debe hacerlo antes de que las nieves se fundan, porque sino el Perro de Nieve desaparecerá, y con él las posibilidades de éxito.

Al poco rato, He-Thor sale de su modesta casa. Lleva una buena ropa de abrigo, gruesas botas, un bastón para el camino y una mochila bien pertrechada. Los abrazos de sus padres, sus hermanos, sus amigos, acaban de llenar de valor su alma. Parte hacia su destino.

Dejan la aldea atrás con rapidez, la nieve todavía no es densa, se puede andar relativamente bien. El Perro de Nieve le pregunta por su vida, por sus amigos. Thor no acaba de creerse todavía lo que le está sucediendo, pero el Perro lo tranquiliza:

Soy fruto de la magia y del alma de un hombre justo, no temas. De mi vida poco puedo contar, pues he sido creado para ayudarte. Sólo sé que no he sido el primer Perro de Nieve, los grandes sabios los han empleado en casos como éste.

Salen del valle, comienza la ascensión, la marcha se hace dura, muy dura. Hacen la primera parada. Mientras He come, Perro de Nieve juguetea con los copos. Continúan la marcha hasta el anochecer. A instancias del perro, Thor enciende un fuego para ahuyentar a los lobos, mientras el animal se mantiene a distancia, el fuego no es buen amigo suyo.

Los días trascurren, la marcha continúa, hasta que los alimentos se acaban. Sin embargo, Perro de Nieve se encarga de cazar pequeños animales. Pese a ser de nieve, sus colmillos tienen la dureza del acero. Ya no sólo es su guía, es su sustento vital.

Finalmente, lo hayan. En la lejanía, en la cima más alta, encuentran la gran morada. Un enorme castillo, con larguísimas y negras almenas que se recortan contra el azul cobalto del cielo. El humo sale por sus chimeneas. Aprietan el paso, hasta que poco más adelante se encuentran con unos hombres armados. Vestidos enteros de blanco, blandiendo lanzas y espadas, los obligan a acompañarlos. Los lobos que llevan atados a gruesas cadenas les gruñen amenazadoramente. Así, poco a poco, llegan hasta la puerta del castillo. Allí, un chambelán les pregunta por el motivo de profanar las sagradas tierras de su señor.

Ellos responden que sólo van en busca del permiso del señor de todo lo que sus ojos alcanzan a ver. El sirviente te retira, y tras un rato que se les antoja eterno, los invita a entrar. Atraviesan varios corredores, el calor aumenta y aumenta por efecto de las chimeneas, el Perro de Nieve está sufriendo, He-Thor debe ser rápido en convencer al Rey.

Finalmente, se abre una enorme puerta y tras ella, en un gigantesco salón, en mitad del mismo, surge un trono enorme, cuyos brazos y patas representan dragones, con un enorme respaldo que representa a las serpientes aladas, entrelazadas.

Sentado en el sitial del poder está el Rey. Es un hombre mayor, con una gran barba negra, vestido con una gran túnica roja. Sus ojos destilan inteligencia, y no lleva su corona, está en uno de los brazos del trono.

Bien, ¿Cuál es tu nombre?

Soy He-Thor, y vengo a pedirte permiso para atravesar tus tierras y llegar hasta la morada del Anciano de las Montañas, busco la respuesta para salvar a mi pueblo de la desolación y de la muerte.

¿Y yo qué gano con todo esto? Pregunta el Rey.

Bueno, Majestad, si no queda nadie, ¿Quién os pagará tributo?. Además, quien sabe si la maldición no escalará montañas arriba, en busca de nuevas víctimas. Además, la gente, en su desesperación, empezará a profanar vuestro reino, alterando la tranquilidad en la que vivís vos y vuestros súbditos.

De acuerdo, puedes irte. Una cosa ¿Puedo quedarme con tu perro?. Te puedes llevar a cambio media docena de los míos.

Agradezco la propuestas, es muy generosa, pero este pobre animal es fruto del alma de un mago, y mirad, está muriendo.

En efecto, el rastro de agua es más y más evidente. El pobre animal está cerrando sus ojos, la vida se le va por momentos.

No puede vivir en presencia del calor - responde el joven - debe vivir libre. Dejadlo ir conmigo. Será un favor para él y para mí.

El Rey asiente. Es un hombre benévolo y justo.

Con la mochila nuevamente llena y la bendición real, toman camino de nuevo. Perro de Nieve sigue avanzando. Desaparecen los últimos vestigios del poder real. Todo esta solitario. Sólo el viento, la nieve, las rocas y los árboles.

Pasan unos pocos días, hasta que el humo, en la lejanía, les vuelve a indicar que ya están cerca. La estrecha columna humeante sobrevive a duras penas entre los pertinaces copos de nieve. Finalmente, divisan la morada del sabio.

No es más que una casita, poco más que una choza, con una chimenea en un extremo, una puerta y una ventana. No hay más.

La ventisca arrecia, casi no se ve nada. Avanzan con dificultad. De no ser por el mágico olfato de Perro de Nieve, no sabrían por donde iban. Hasta que oyen un sonido, deben estar muy cerca. La destartalada puerta se abre. Ven la borrosa silueta de un hombre con un candil en la mano. Con la otra les hace gestos para que se acerquen. En poco tiempo llegan hasta la morada. Frente a ella, un hombre anciano, ancianísimo, con una enorme y estrecha barba blanca, que llega hasta su cintura, vestido con ropas que son casi harapos y un viejo gorro para protegerlo del frío.

Los invita a entrar al calor del fuego. He-Thor se sienta junto a él. Al perro le pasa la mano por todo su cuerpo. El animal no siente calor, ahora siente su cuerpo abrazado por el frío que le da la vida. El anciano les habla:

¿Ha regresado, verdad? La vieja maldición, la que arrasa con todo, la que siembra de muerte y olvido los lugares por donde pasa.¿Cómo está Shaga?. No auguro nada bueno, pues su magia no ha podido evitar el desastre.

Shaga se muere, dice He-Thor, y he sido elegido para salvar mi comarca.

Ya lo sabía. Ahora, asómate y mira ese valle que se extiende bajo tus ojos, ¿Qué ves?

El muchacho observa asombrado, y responde: Veo a la nieve danzar, ejecutando pasos de baile, como espíritus ejecutando una danza macabra.

En efecto, responde el anciano, es un viejo diablo, que se ha apropiado de los elementos de la naturaleza. Te está esperando. Si vences sus desafíos, podrás regresar triunfante.

Sin dudar, el joven comienza el duro descenso. Perro de Nieve lo guía, evitando zonas peligrosas. El duelo con el diablo se acerca.

Cuando al fin se encuentra cara a cara con la fantasmagórica danza, lanza un reto a ese demonio: Vete, aléjate y no vuelvas, devuelve la vida a estas tierras. Ya has jugado bastante.

Los copos de nieve dibujan una sonrisa en el aire, más bien una mueca siniestra. Unos ojos de fuego se dibujan entre la ventisca.

Muchacho, ¿Qué pretendes? Tal vez deseas el poder, ¿Verdad?.

Mira, te ofrezco el reino de las Montañas. Mañana, si quieres, puedes ocupar el trono del Rey.

¿Y mi pueblo, qué hay de ellos?.

Vaya, no me digas que entonces te preocuparían cuatro hombrecillos de mala muerte, habitantes de un valle perdido. El caso es que el poder sería tuyo.

Jamás, no deseo el poder ni la gloria, eso es cosa de los dioses, sólo deseo que te marches.

Jajaja..¿Y cómo lo conseguirás? Mi poder no está al alcance de los mortales.

Entonces, Perro de Nieve habló sentenciosamente:

Yo no soy mortal, y ha llegado el momento de crecer, tengo hambre.

Abriendo sus enormes fauces, toda la nieve que revoloteaba por los aires comenzó a penetrar por su boca. El tamaño del animal mágico fue creciendo más y más, sin cesar. Cada vez que el diablo intentaba hacer bailar la nieve, ésta pasaba al interior del perro. Al poco tiempo, un animal gigantesco, que sobrepasaba las cimas de los más altos árboles, se enseñoreaba por todo el valle.

Ahora, el demonio está prisionero. Volvamos.

He-Thor miraba asombrado a esa montaña con patas que andaba a su lado. Tomaron un sendero a muy baja altura, fuera de los límites de las nieves perpetuas. Conforme caminaban, lo ecos de un invierno que empezaba a morir se escuchaban cada vez con mayor nitidez. El frío ya no era tan intenso. Incluso había zonas donde la roca florecía entre el blanco intenso.

Ese monstruoso can iba día a día menguando, cada vez de forma más perceptible. Finalmente, un valle humeante le hizo sonreír. Ya divisaba su poblado. Las gentes fueron a recibirle, alborozadas. En ese momento, las nubes se abrieron y el sol comenzó a brillar. Un calor tibio fue envolviendo el ambiente. La primavera sonreía y anunciaba su llegada. Sin detenerse, llegaron hasta la morada de Shaga. Éste abrió los ojos, en su último hálito de vida. Puso su mano amorosamente en el hocico de Perro de Nieve e, increíblemente, se levantó por sí mismo de su lecho. Con fuerzas sacadas de nadie sabe dónde, tomó al animal en sus brazos, y tras llorar amargamente, lo depositó en el interior del fuego de la chimenea.

Primero se escuchó un grito de pavor, absolutamente terrible. El viejo diablo volvía a abandonar la compañía de los mortales otra vez, durante muchos, muchísimos años.

A continuación, una última sonrisa blanca emergió del fuego. He-Thor introdujo sus manos sin temor en las llamas. Sin quemarse, acarició a su perro por última vez. Este lamió sus manos con su lengua helada, diciendo: gracias por el amor que me has dado. Ahora aleja tu mano, déjame descansar.

El fuego crepító con fuerza, y la imagen desapareció para siempre. El hechicero volvió a su lecho. Llamo a He. Tomando su mano, lo bendijo y le entregó su anillo, diciendo: Ya puedo morir. Ahora mi poder es tuyo. Eres un mago poderoso. Sirve a los tuyos con entrega y amor, y tendrás una vida larga y dichosa, como la mía.

He-Thor contempló el momento de la espiración. Su corazón se llenaba en esos momentos de una energía desconocida, aunque una voz en su interior le decía: ya nunca caminarás sólo. Shaga y Perro de Nieve se abrazaron a su espíritu para siempre.