PRÓLOGO

Queridos amigos y amigas: dejo para otro momento el post sobre mis nominaciones, debo estar lo suficientemente inspirado. Sin embargo, sí voy a escribir esta historia siguiendo mi tónica habitual, la innovación. En un principio, introduje a amigos míos cocteleros en mis historias, los hice protagonistas en primera persona; a continuación, he hecho interaccionar al protagonista con el anunciante publicitario de la historia (ver mi post anterior), y ahora voy a ir más allá:

Voy a comenzar esta historia, llena de amor, dramatismo, romanticismo, deseo, odios y venganzas y todo tipo de sentimientos humanos, pero con una condición:

Que uno de vosotros, queridos lectores, continuará la historia donde yo la voy a dejar. No admitiré un NO por respuesta. Tenéis que demostrar vuestra osadía. Y el elegid@, será el encargado, cuando la acabe, de nombrar a su digno continuador, y así sucesivamente. Por supuesto, se podrá mandar a escribir a alguien más de una vez, aunque ya haya escrito su parte.

El primer elegid@ lo diré cuando acabe mi parte. Y sin más preámbulos, comienza la historia.

CONSUMIDITOS POR LA PASIÓN (Un dramón como los de antes)

CAPÍTULO PRIMERO:

Frente al porche de su gran mansión, sentado en un cómodo sillón de mimbre, con una copa de buen brandy en una mano y acariciando con la otra a su fiel “Noche”, su enorme mastín, oscuro como su nombre, el riquísimo hacendado contemplaba la inmensidad de sus posesiones.

Luís Ernesto Walter del Carmen Elizondo de las Altas Torres y Bocanegra-Río Bravo se sentía poderoso. No había nadie en la parte occidental del país que le hiciera sombra. Además de su inmenso latifundio, acababa de adquirir la mejor yeguada del país, por lo que era el poseedor de los mejores caballos de América. Por si eso no era suficiente, el enlace con su prometida de toda la vida, la preciosa Angelina Olivia del Sagrado Corazón Aleonar del Pozohondo y Vistahermosa del Castillo era inminente, con lo que las dos principales fortunas del país se unirían.

El apuesto hacendado entornaba sus magnéticos ojos azules, mientras acariciaba su férreo mentón, imaginando el poder que tendría su descendencia.

Mientras esto pensaba, del interior de la casa salió la fiel Eustaquia, la criada mulata, casi anciana ya, con una caja de puros en sus manos. ¿Desea el señor su habano del mediodía?

Estas en todo, respondió cariñosamente el galán, me conoces mejor que mi propia madre. Si algún día nos abandonas, será el desastre para esta casa.

La oronda criada se alejó sonriendo, más que criada, se sentía una más de la familia. Además, sus dos sobrinos, Simón Santacruz y Juan Sagrario, eran hombres de confianza en la casa. Eran los encargados de las caballerizas y tenían la estima y el aprecio de Luís Ernesto. El sentimiento era mutuo.

De pronto, escuchó una voz inconfundible desde el interior de la casa:

“Cachetín, Cachetín, ven un momento”. Era su madre. La única persona en el mundo que lo podía llamar así, con ese diminutivo que le puso desde que tenía uso de razón.

El joven se acercó. Su madre era una dama realmente distinguida, además de hermosa. Habiendo alcanzado la cincuentena, seguía dejando escapar suspiros de los varones, tal era su belleza.

Alba Porfiria, que así se llamaba, puso sus ojos en los de su hijo, y ceremoniosamente le dijo:

Hijo mío: Eres un muchacho estupendo. Te quiero, no sólo porque eres mi hijo, sino porque eres bueno y te sabes hacer querer. Siempre has sido trabajador, buen estudiante y, desde el triste día en que tu padre nos dejó, un buen cabeza de familia. Dios sabe que es verdad lo que digo. Es por ello que, acercándose el día de tu boda, te voy a entregar un sobre que tu padre me dio para que lo leyeses, y obrases según lo que dice en su interior.

Intrigado, Luís Ernesto tomó el legado paterno. Al abrirlo, encontró una carta y una llave. La carta era breve, y decía:

“Hijo mío, quiero que sepas que, como padre, te quiero todo lo que se puede querer, pero quiero que medites detenidamente la decisión que vas a tomar. Quiero que te encuentres contigo mismo, que le hables al fondo de tu alma, fuera del lujo y del oropel, para saber si estás preparado para ser marido, padre y hombre de bien. Para ello, te doy esta llave. Es la de la casita situada sobre el desfiladero del Cuerno de la Vaca, a dos jornadas de caballo de aquí. Debes ir sólo, llevar víveres y agua en tu alazán y volver al cabo de tres días. En esos días, sólo con la compañía del sol y de las estrellas, con el único sonido del viento y del latir de tu corazón, deberás decidir lo que quieres hacer en la vida. Además, deberás llevar ropa de vaquero, de cuidador de ganado, sentirte como un hombre modesto en medio de la naturaleza, sólo a la vista de Dios”.

Un poco extrañado, pero a la vez con la curiosidad en su interior, no demoró su marcha, decidiendo irse a la mañana siguiente.

Sus dos hermanas menores, Anastasia Flor de Lys y Guadalupe Valeria, lo acompañaron hasta la caballeriza, donde ya estaba preparada su montura. Su hermano menor, aún adolescente, el rebelde Justo Trinidad, se abrazó a él: “Quiero ir contigo, hermano”. Un poco emocionado, Luís lo apartó diciendo: “Hermanito, es algo que debo hacer sólo, se lo debo a Papá, el lo quiere así, y sé que desde el cielo nos está bendiciendo, así que déjame marchar”.

Su madre le dio un beso de despedida, mientras que la gordita Eustaquia dejaba caer lágrimas como puños. Si el señorito no es más que un niño grande, repetía una y otra vez, para contento de sus sobrinos, que abrazaron cariñosamente a su tía.

Las dos jornadas de camino pasaron sin sobresaltos. Durmiendo al raso, a los pies de su caballo, no tuvo incidentes dignos de mención, hasta que al amanecer del tercer día llegó a la cabañita.

Era un refugio modesto, pero digno. Al entrar, las señales de abandono eran evidentes, aunque la chimenea funcionaba y no entraban corrientes de aire. Dejando los alimentos y el odre de agua, se sentó ante la puerta. Sacó su pipa, introdujo el tabaco y se dispuso a encenderla, cuando en la lejanía empezó a distinguir una silueta. Parecía un pastor, con un rebaño de más de cien ovejas y los perros a su alrededor controlándolas. Se incorporó y se fue acercando, dispuesto a entablar conversación. Conforme sus pasos lo llevaban hacia el rebaño, se fue dando cuenta que no era un hombre, sino una mujer. Poco a poco los rasgos se fueron definiendo, y cuando ella se quitó el sombrero para ponérselo bien, pues el viento se lo había ladeado, giró su cabeza y sus miradas se encontraron. Luís no daba crédito. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida. En ese momento, quedó totalmente fulminado. No podía hablar, sentía que le faltaba la respiración……

C O N T I N U A R Á

Y quien debe continuar la historia es LIDIA.

Sí, en efecto, eres tú, querida amiga. Ahora que has remontado el vuelo y estás pletórica de fuerza, moral y gracia, eres la que continuará con el CAPÍTULO SEGUNDO.

Venga, linda, ánimo y mucha suerte.