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Iñaki actúa rápido. Habla con Lord Nelson y se coordinan los Servicios Secretos de la Armada y los de la Corona. Cada vez que los hombres de oscuro van a dar un golpe, son detenidos en el acto y trasladados a Londres. Sin embargo, cuando llegan a la capital, encuentran sus cuerpos inertes. Dentro de las carretas-prisión, al parecer, se han suministrado veneno, que encuentran los agentes dentro de sus anillos huecos.

En la mansión, mientras tanto, las sospechas crecen, la vigilancia es extrema y ya nadie se fía de nadie. Una noche en que Lidia está sin la compañía de su marido, que se haya en Londres investigando las detenciones, la puerta del dormitorio se abre sigilosamente. Tras unas velas surgen las figuras de dos hombres. A uno de ellos lo reconoce, trabaja en las calderas. Otro cree reconocerlo como un mozo de almacén. Portando sendos cuchillos, se dirigen al lecho con una sonrisa maliciosa.

Bien, primero la disfrutaremos y luego cortaremos su cuello como a un cerdo, dice el mayor de ellos, acercándose hasta casi rozar el rostro de la mujer. Ésta, sin mostrar terror, les dice: ¿Permitís que me suelte el pelo, ya que vamos a pasar un buen rato? Los hombres sorprendidos no ponen reparos. Ella pasa la mano por detrás de su cabello, hasta la almohada. De debajo de ella saca un enorme pistolón, reventando la cara al que más cerca se hallaba.. La sangre lo salpica todo. Antes de que el otro individuo pueda reaccionar, coge una afilada daga y se la clava en la nuez, atravesando su garganta de parte a parte. Lidia se da el lujo de comentarle: Parece que el cerdo al que iban a rebañarle es pescuezo no iba a ser yo.

Con pasmosa calma, toca la campanilla para avisar al servicio, mientras que ceremoniosamente se levanta para lavarse, para quitarse de su cara, pecho y brazos la sangre y trozos de carne de ese bastardo.

Alertada por el ataque, Fenicia corre junto a su cuñada. Asombrada ante la sangre fría de Lidia, es ella ahora la que piensa con frialdad. Rebuscan en el cuarto de uno de los criados, interno en la mansión. Finalmente lo encuentran. Un librito donde rezan horarios de reuniones, y los participantes. De ahí encuentran a tres miembros más de su servicio doméstico. Con esta información, y cruzándola con la que ya poseen, las detenciones se sigue sucediendo.

Ante la magnitud de la conspiración, y sin conocimiento de su hermano, pues sabe que se negaría de pleno, Fenicia, junto con Lidia, se acercan a una céntrica calle de la City londinense.

Allí se encuentra el local de la logia nº 1, del Rito Escocés. Piden audiencia al Gran Maestre, que se la concede, sin salir de su anonimato.

En un confortable salón, al calor de una chimenea y con una piel de oso como testigo único de su entrevista, es la hermana de Iñaki la que toma la palabra:

Sé de buena tinta que las logias inglesas están íntimamente unidas a la monarquía, ciertamente miembros de la familia real forman parte de ellas, pero, sin embargo, las logias francesas, a través del Gran Oriente, se están introduciendo en nuestro país. Su deseo, como supondréis, son los de acabar con el poderío naval inglés y, por ende, dejar el país expuesto a una invasión napoleónica. Los ideales de concordia, de desarrollo espiritual de los pueblos y de un mundo mejor son papel mojado para ellos. Es por todo esto que os pido vuestra ayuda para acabar con su estructura y entregar a todos estos traidores a manos de la justicia.

Asombrado, el Gran Maestre lee con detenimiento el escrito donde se detallan los miembros identificados, así como las traiciones y sabotajes que han llevado a cabo. Sin más dilación, pone al servicio de la Corona y del Almirantazgo a su organización, para eliminar esa lacra que amenaza con acabar con el Imperio.

El vasco, mientras tanto, ha vuelto a Ceneme Manor. Ahí, en la tranquilidad de la majestuosa biblioteca, escribe cartas dirigidas a los capataces para acelerar la construcción, los atrasos deben solventarse. A su espalda, escondido tras una gruesa librería, surge un sirviente. Con una daga en la mano, se dispone a atravesar la nuca de su señor. Pero, aún más rápido, surge de la negrura de un rincón el gigantesco Ramsés. El perrazo salta con todas sus fuerzas y de un mordisco en la cara, arranca tanta carne que deja las mandíbulas al descubierto. Cuando Iñaki es capaz de reaccionar, el can ha convertido lo que antes era un rostro en una repugnante masa informe. Cuando se acerca, aún vive. Lo deja en la alfombra, agonizante. Imagina que la víctima podía haber sido su mujer o su hermana, y de la rabia lo deja sufrir, ya morirá…

Finalmente, los hechos se precipitan. En un par de semanas, se consuman las detenciones, y en un ejercicio de justicia macabra, Eduardo, sobrino del rey, es ajusticiado, acusado de alta traición, ante el nuevo barco que va a ser botado.

El hombre y las dos damas contemplan la casa por última vez. Demasiadas muertes. Volviéndose en dirección a los carruajes, la abandonan para siempre. El fiel Ram contempla con sus ojos inocentes, meneando la cola. Él también está feliz, desea irse bien lejos, con sus amos y con los niños, que vuelven de España, ya no hay peligro.

La mansión los contempla. Los claroscuros del atardecer dibujan sonrisas espectrales en los enormes ventanales, el polvo que el viento arremolina frente a la puerta, les dice adiós, vuelve el abandono nuevamente, pero la casa está tranquila, sabe que otros acudirán a su llamada, tal vez tarde, tal vez pronto. Da igual, la piedra nunca tiene prisa….

FIN DE ESTA SAGA

John Peter Henry Paul Arthur Cole, llamado John Peter Henry Paul Arthur C. por los amigos, cierra un Nuevo tomo de esta genealogía tan tremenda.

Le cuesta asimilar que la misma estancia que los cobija ha sido testigo de numerosas muertes, a cual más terrorífica. Ante el rictus horrorizado de su rostro, semejante al de aquella vez en que, en una de sus juergas de estudiante, le dio un beso en las ingles a Trudy, la anciana camarera aquejada de herpes genital congénito, su querida Melinda, su idolatrada y amada esposa, sintió una repentina contracción de sus glúteos, que le produjo tal movimiento pélvico que la vejiga se convulsionó, produciendo una micción repentina. Estaba en pie, y en el suelo, tumbadito, el pequeño Timmy Byron. Sobre sus ojos cayó la mayor parte del amarillento elemento. Al notar el contacto, se levantó enloquecido, sin ver nada. Aullando como un poseso, mordió los testículos de su hermano Charles Harrison. Sus orangutanes salieron en su defensa, pateando el hígado y las costillas del pequeño.

Los mastines, alarmados, atacaron a los orangutanes. Frank Arnold intentó poner paz, pero se llevó como castigo a su intrusión 119 arañazos, 47 mordiscos y un intento de violación por parte de un simio.

El mentor familiar, Julius Caprinus, se abalanzó sobre el tumulto con su cuchillo de hacer vasectomías a morsas árticas, pero un par de patadas en su glotis le hicieron desistir del empeño.

Acongojados por la dantesca escena, sin saber como reaccionar, los padres miraron implorantes a la dulce, etérea y melosa Sybil Margaret. Sabedores de que la música amansa a las fieras, dejaron en su delicadas manos, obras de artista de la porcelana, la labor de sosegar el ambiente, que parecía que iba a más, corría el peligro de dejar de ser una diversión inocente de un momento a otro.

Se acerco a su piano de madera de ébano, y comenzó su interpretación. Cuando sus dedos, palomas enamoradas, volaron sobre el teclado, interpretando su última y elegante creación denominada “Encontré el amor haciendo masa de albóndigas en la cocina del psiquiátrico comarcal”, los gritos, los golpes, mordiscos y agresiones varias cesaron.

Mientras perros y orangutanes se hacían carantoñas entre ellos, los humanos fueron transportados a un estado que podía denominarse como apoplejía gilipollas. Dejaron los golpes para dedicarse a rascarse mutuamente y a danzar el baile del pañuelo.

Los ánimos finalmente se calmaron, lo que aprovechó John, nuestro patriarca, para acercarse a los anaqueles donde reposaban los libros. De allí sacó el siguiente volumen, en espera de conocer más y más sobre esa casa que los cobijaba.

CONTINUARÁ