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A las pocas horas, el médico certifica la muerte del joven. ¿Qué ocurrió? – pregunta Kily – Katha ¿Cómo es posible que alguien tan joven haya muerto de un ataque al corazón?

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Verá señora – responde la impostora – El pobre chico abrió la puerta del salón, sin llamar, y se encontró con dos espectros a los acababa de invocar. Éstos lo miraron con tal expresión de odio, que el criado se puso pálido, y se desplomó al suelo. Fue la impresión la que lo mató. Con el más allá sólo puede tratar quien esté capacitado para ello, porque es algo muy peligroso, es como jugar con fuego.

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Impresionados, los presentes asintieron. El joven sería enterrado sin más dilación, todo parecía muy claro.

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A los pocos días, la joven heredera recibe una llamada de Conan Doyle. Se suplica que organice una sesión, cuándo quiera y pueda, quiere comunicarse con su primogénito muerto.

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La falsa vidente, mientras tanto, hace sus planes. Tanto ella como su compañero están cansados de vivir en las afueras, quieren mudarse al corazón de la City londinense. Allí han visto una enorme mansión, temporalmente desocupada, que es de las más suntuosas de la ciudad. Fue mandada edificar por sir Walter Scott, y es tan impresionante como sus obras literarias. Ahora está en venta, y se la pedirá a lady Kily. Cualquier excusa será buena: “he notado en esa casa como fluyen las presencias espirituales” o algo así, piensa. Con la ingenuidad de esta niña, calcula fríamente, le sacaré lo que quiera, ya el ala completa de esta casa se me queda pequeña.

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Así, consumida por la ambición, llega el día de la siguiente sesión de espiritismo. Todo el montaje ya está preparado. En las dos semanas transcurridas, Eárendil ha pulido defectos y todo va a salir aún mejor, si cabe.

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Llega la hora. Las luces, la escenificación, los espectadores estratégicamente colocados, con Sir Arthur al frente, flanqueado por la señora de la casa, todo está listo.

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Va a comenzar el número de la invocación, cuando en ese momento llaman a la puerta. Más bien, la aporrean. Molesta por la interrupción, Kily hace abrir para que entre ese molesto invitado rezagado.

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Pero no, no es un invitado conocido. Se trata de una persona enfundada en un traje de aspecto hindú, lleva un turbante y, sorprendentemente, un velo que oculta su rostro. Va acompañado de tres sirvientes, así como de un par de gigantescos baúles que arrastran sus criados a duras penas.

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¿Es aquí donde se produce la magia? -Pregunta en un perfecto inglés-

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-En efecto- contesta la anfitriona- tome asiento y no nos haga perder más el tiempo. Aunque no ha sido invitado, ya que está aquí, le invito a presenciar el más impresionante acto de invocación a seres del más allá que haya visto en su vida. Madame Katha es la artífice de este maravilloso prodigio mágico.

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-Jajaja- se ríe el desconocido-. Lo que yo voy a hacer sí que es magia. Reto a esa absurda medium que lo supere, si puede.

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Indignados, tanto los invitados como la vidente, se dirigen dispuestos a expulsarlo de la estancia, pero con un brusco ademán de sus brazos, los detiene.

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Voy a hacer mi particular número. Voy a teletransportarme. Delante de todos ustedes. Estaré en un lugar, y apareceré poco después a varios metros. ¿Quiéren verlo?

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Sorprendidos, asienten los invitados, Conan Doyle estrecha la mano del misterioso retador: ¿A quién tengo el gusto de saludar? – le dice con su exquisita educación- . De momento responde el invitado- lo dejaremos estar. Al acabar, diré mi nombre, que no podrá ser otro que el que es, por otra parte.

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En pocos instantes, monta su parafernalia. Vacía uno de los enormes arcones, mostrando el interior vacío a todos. Se desviste, quedándose sólo con el pantalón puesto, el velo y el turbante. Es un cuerpo de un excepcional atleta, de eso no hay duda, fibroso y musculoso a la vez. Sus acompañantes lo llenan de grilletes y cadenas, esposan sus tobillos y muñecas. Sir Arthur y Kily en persona comprueban los cierres, quedándose con las llaves. Miran el arcón, palpándolo pulgada a pulgada durante más de 10 minutos. No hay un solo compartimiento oculto, no existe ninguna llave. Totalmente inmovilizado, se deja caer en el arcón, cuya tapadera es cerrada con un enorme candado.

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Los sirvientes se dirigen al centro de la estancia, sentándose en el suelo, junto a la medium. Alli, el mayor de ellos, dice al público: El arcón está a más de diez pasos de cualquier persona. Cójanse todos de las manos y cuenten lentamente hasta sesenta, mientras se apagan las luces. Ahmed, el criado que ha hablado, toma de sus manos a Doyle y a la anfitriona.

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El conteo se hace lentamente, de forma susurrante. Pasado ese largo minuto, se enciende la luz y, entre Kily y Arthur está ¡el misterioso invitado! Asombrados, los presentes no pueden ni reaccionar. Pero todo no acaba allí. De forma ceremoniosa, el hombre del turbante pide las llaves a la dueña y, dándoselas, abre el baúl. Y dentro se encuentra, esposado tal y como lo estuvo él instantes antes, su fiel sirviente Ahmed.

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Los aplausos y los bravos resuenan a cual más fuerte, -Eso sólo puede ser magia- dice el creador de Holmes- no hay explicación humana.

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-en efecto, así es- responde el misterioso hombre. Ahora, madame Katha, haga el favor de demostrarnos hasta donde puede llegar su magia.

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La tramposa, con la duda en sus ojos, baja la cabeza, todo ha de salir perfecto. ¿Quién será este desgraciado? – Se pregunta- mientras comienza su numerito.

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Las luces bajan, se hace el silencio, frente a la mujer surge el humo, empieza a formarse una figura, pero esta vez es ¡el hombre del turbante, que se está doblando de la risa!

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Sin saber que hacer, Katha lanza las sales de selenio, pero esta vez lo que forman en el aire es la palabra “mentirosa”.

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Ante el estupor general, la anfitriona enciende la luz. Y allí ve a los tres sirvientes del mago, que tienen cogido de los brazos a Aërendil. Han introducido otra película en el proyector, así como en la cámara de electrofotografía. Todos son testigos del fraude. Y más aún cuando con sus fuertes manos, el ilusionista levanta el encerado y saca el agua hirviente y el generador.

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Los impostores son retenidos por todos y atados.

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Ahora –dice Sir Arthur- ya puede decirnos quien es usted.

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Por supuesto-responde- mientras se quita el turbante y el velo. Y ante ellos surge la figura del mayor mago conocido, maestro del escapismo y la ilusión: Harry Houdini.

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Yo también viví obsesionado por la muerte de mi querida esposa- responde- y así fui conociendo a toda esta cohorte de tunantes, estafadores y tramposos. Y me he propuesto desenmascararlos a todos. Quiero que sepan todos, y en especial, esta linda dama y su amigo, mi admirado Sir Arthur Conan Doyle, que los muertos no vienen desde el más allá para comunicarse con nadie. Ellos están descansando en presencia de Dios, no busquen más explicaciones donde no las hay. He viajado por todo el mundo buscando respuestas, y esta es la única que hay: que el mundo de los vivos y el de las almas están separados por un abismo eterno e insondable.

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El caballero y la dama asientes. Es como si les acabaran de abrir los ojos. Al fin han comprendido.

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Y ahora – dice el mago ¿Podrían dejarme en esta habitación a solas durante un rato con estos tramposos? Es el único pago que les suplico.

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Por supuesto –responde la chica- Están atados y bien atados. Quédese con ellos en espera a que llegue la policía.

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Se cierran las enormes puertas de la biblioteca. Los estafadores no se atreven a decir palabra. Frente a ellos, Houdini y sus sirvientes cierran los ojos. Es ahora cuando de las sombras emergen unas presencias. Los padres de Kily, cogidos de la manos, sonríen agradecidos y se desvanecen en el aire.

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Pero ahí no acaba todo. Las siluetas de los antiguos propietarios, Iñaki, Lidia y Fenicia rompen el velo de las sombras. El mago apunta con su mago derecha a los encadenados, que contemplan aterrorizados como los espíritus se dirigen hacia ellos.

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Ha pasado más de una hora. La puerta del salón se abre y, tendidos en el suelo, están el gran Houdini junto con sus hombres. Los prisioneros han desaparecido, las cadenas yacen sin nadie entre sus hierros.

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No se como ha podido suceder – responde el mago- pero nos deben haber narcotizado y quitado las llaves, no lo entiendo…

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No se preocupe – responde el capitán de policía- daremos con ellos, tarde o temprano.

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Finalmente, llega el momento de la despedida. Con lágrimas en los ojos, la joven se despide del ilusionista, el cual tiene en el fondo de su bolsillo una carta con un remite: Larry Studd, Ceneme Manor.

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Kily decide abandonar la mansión. Ya no vale la pena. Quiere un lugar cosmopolita, rodeado de gente, desea que su pequeño se relacione con niños como él. Así que un lluvioso día de otoño, la enorme reja es cerrada, no se sabe por cuanto tiempo.

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Y en el enorme pasillo que da acceso a la biblioteca, los retratos de los anteriores propietarios muestran un rictus diferente en sus rostros. Parece como si sonrieran. Y, frente a ellos, al otro lado del corredor, hay un par de nuevos retratos: dos rostros desencajados, de un hombre y de una mujer, que parece que pugnan por salir de un horror que los consume.

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C O N T I N U A R Á :