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El verano se presentaba terrible. El enorme campo con cientos de hectáreas de cultivo amenazaba con dar escasos frutos. La escasez de la lluvia, la restricción de agua para el regadío, hacía que los cultivos fueran cada vez más pobres.

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Desde la ventana de su casa, a través del porche que lo protegía de la canícula estival, el patriarca de la familia Ordeñacabras del Algarrobo Caído, don Nemesio Viriato, contemplaba sus tristes plantaciones de alcachofas, berzas y pimientos. Iba a ser otro desastre. Más valía que su numerosa prole fuese abandonando el campo, ahora que todavía tenían tiempo, e ir dedicándose a tareas que les reportasen mejor porvenir económico.

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Así que una cálida noche, juntó a su familia en el salón del hogar, para contarles la decisión que había tomado:

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Hijos míos, voy a vender las tierras. Antes de acabar arruinados, aceptaré la oferta de la fábrica de condones de tripa de camello por nuestras propiedades. Con lo que nos den, nos iremos a la ciudad y montaremos pequeños negocios, será la única forma de salir adelante.

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Su hijos miraban entre sorprendidos y tristes. Los varones, Agapito del Consuelo, Esmeraldo Sinforoso, Onofre Crispín, Leocadio del Orzuelo, Crisóstomo Ofelio y Leovigildo Ginés, junto con las hijas, Leopolda Bismuta, Socorro Auxilio de la Salvación y Peligro Inminente y Emeteria Jacinta. Contemplaban a su padre de hito en hito, mientras mordisqueaban panceta salada refrescada con zumo de brevas.

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Entristecida por la noticia, la menor de las hijas, Socorro Auxilio etc etc, sale al exterior. La cálida noche de verano le recuerda su época infantil, cuando reventaba ranas con una vara de avellano, o recogía boñigas de los mulos y se hacía collares con ellas. ¡Qué chica tan romántica!

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Así, poco a poco llegó al brocal del pozo. Oscuro como el rabo de su vaca Princesa, pensó. Arrojó una piedrecita, concretamente un trozo de feldespato de 49 kilos. Sabía que el aljibe estaba agostado, que no tenía agua. Sin embargo, la piedrecita produjo un sonido a líquido removido. Extrañada, cogió el cubo y lo hizo descender hasta el fondo. Le costó volver a izarlo, pues estaba lleno. Se sintió contenta ¡A ver si volvía a haber agua, y ellos sin saberlo! Tal vez sirviese para salvar la cosecha.

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Pero su gozo duró poco. Lo que había en el interior del balde era una materia viscosa, olorosa y negra, negrísima. Extrañada, se dirigió de vuelta a la casa para enseñar el hallazgo a su padre.

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Encontró a éste y a dos de los chicos entretenidos con juegos inocentes. Jugaban a toparse. Se daban cabezazos unos a otros. El primero en desmayarse, tenía que limpiar la fosa séptica. Mientras Crisóstomo Ofelio practicaba, dándose de cornadas contra el busto de bronce del abuelo, la chica enseñó a su padre el contenido del cubo.

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¿De dónde has sacado eso? Preguntó el padre.

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Pues del fondo del pozo – Respondió la chiquilla.

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Pero si es petróleo – dijo Onofre- si es lo mismo que uso para limpiarle el hocico a los cerdos para que no pillen el moquillo porcino.

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Los hechos se precipitaron. Los geólogos determinaron que había petróleo bajo las tierras de la familia Ordeñacabras del Algarrobo Caído en cantidad tal que el país no necesitaría comprar el oro negro del extranjero durante varias décadas. Las empresas “Compañía Angloamericana Buscadora de Recursos Orgánicos Nunca Encontrados Superimportantes” (CABRONES) y la “Legendaria Agencia Departamental Realmente Orientada a Nuevas Explotaciones Sedimentarias” (LADRONES), obtuvieron las licencias de explotación. Los royalties del petróleo hicieron a la familia inmensamente rica.

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Así, un año después, en el restaurante de 8 tenedores, 7 estrellas michelín y tres sartenes antiadherentes "El Panzonillo Recalcitrante", don Nemesio Viriato lanza su garrota contra la rabadilla del Metre. Éste capta la indirecta y se acerca a la enorme mesa: - ¿Qué desean los señores?

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-Tráiganos lo más caro que tenga.

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-¿Qué le parece al señor Caviar del Caspio, señor?

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- ¿Y eso que cojones es? - responde con su habitual elegancia

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- Huevos de esturión, señor.

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- Bueno, pues dos huevos de esturión de ese para cada uno, con chorizo picante y pimientos fritos, para todos.

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Anonadado, el sirviente se acerca hasta la cocina, momento en que el patriarca aprovecha para hablar con los suyos:

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Queridos hijos, -decía tras soltar un tremendo eructo que hizo que el barco del cuadro de la pared se fuese a pique- Somos muy ricos, ahora tenemos cienes y cienes de millones, pero ¿Sémos felices?, ¿Lo sémos?.

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La joven Emeteria Jacinta tomó la palabra, mientras apuraba su souflé de bellotas:

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-Mire usted, padre, a mi me gusta ir de compras, llegar a un comercio que me guste y comprarlo entero, pero algo me falta, cuando me levanto, en vez la música esa porculera que resuena por todo el dormitorio, me gustaría escuchar a los pavos machos de amanecida, sacándose los ojos mutuamente, para ver quien es el amo del corral ¡Es algo tan hermoso!

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Y yo - dijo el espabilado Leovigildito Ginesín, quisiera respirar, cuando paseo por los campos esparciendo el abono de boñigas, el aroma de la flor de la berza, escuchar el dulce graznido de los cuervos moteados, acariciar mi rostro con los cardos borriqueros…echo todo eso de menos, padre.

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¡No se hable más! -Retumbó la voz del padre- Pollo, ven p’acá- le gritó de nuevo al metre, que esquivo por centímetros el bastón dirigido hacia su cráneo.

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Así, al día siguiente, en las oficinas de la Unión Temporal de Empresas de C.A.B.R.O.N.E.S. y L.A.D.R.O.N.E.S, nuestro protagonista exige la rescisión del contrato. El representante de esta empresa fusionada, Emigdio Sigfrido del Mástil Oscilante y Rocafuerte del Acantilado Inestable, le dice que rescindir ese contrato es imposible, que ni con la fuerza lo conseguirían.

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Al tercer puñetazo del patriarca, que da los guantazos como panes, ese amasijo que anteriormente conformaba una cara, acepta la rescisión, que es firmada en el acto.

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Y así, pocos días después, las máquinas extractores del crudo elemento se retiran, y nuestro querido Nemesio Viriato, ante la tumba de su querida esposa, Adoración de los Santos Clavos de Cristo en la Agonía de la Subida del Calvario, con lágrimas en los ojos, le pide perdón:

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Querida mía, jamás debí permitir que la tierra donde nacieron nuestros hijos pasase a manos de unos desconocidos. Esta tierra es nuestra y lo será siempre, y en ella viviremos todos para siempre.

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Así, con la enorme fortuna adquirida, hicieron su propio trasvase hacia sus tierras. Con compensar económicamente a unos cuantos políticos, no hubo problemas.

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Ahora, los cultivos crecen hermosos, florecientes, ya la familia es feliz. El primer nieto de la saga Ordeñacabras del Algarrobo Caído, el precioso McGyvver del Rosario, da sus primeros y tambaleantes pasos entre un precioso campo de pepinos de culo gordo. Y con sus delicadas manitas, coge su primer sapo verrugoso y, ante la mirada babosa de su familia, lo estampa contra un bellotero y lo remata a cabezazos.

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¡Este es de la familia, no cabe duda! Dice entre lágrimas su padre, Esmeraldo Sinforoso, mientras que el abuelo piensa: Querida mía, mi Adoración que estás en los cielos, nuestra saga no morirá nunca.

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FINIS