Los chicos se recogen antes de que las últimas luces del día desaparezcan. Tras la cena, sencilla y exquisita, su padre les cuenta anécdotas, historias de sus navegaciones por mares lejanos, les habla de otras gentes, de otras culturas, de lugares sorprendentes y fascinantes…Llega la hora de irse a la cama. Antes de dormir, hojean los tebeos de humor, leen libros de aventuras, hasta que la madre les manda apagar la luz. Entonces amorosamente, la madre los besa y les desea felices sueños.

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Llega el nuevo día. Tan excitante como el anterior, siempre con algo nuevo, diferente que hacer, las aventuras cotidianas parecen las mismas, pero algo las hace mágicas. Hasta que acaba el día. Bajo la puerta de casa, está la pandilla jugando al escondite, cuando de pronto escucha la voz de su madre:

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¡Cignus, sube por favor, es importante!

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El chico sube, un poco sorprendido. Es la primera vez que sube o baja de casa sin sus hermanos ¿Qué puede querer su madre?

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Para su sorpresa, sus padres están sentados en el modesto salón. Indican al chico que se siente entre ambos. Un escalofrío recorre su espalda, algo pasa, supone.

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Verás – comienza el padre – ya conoces tu nueva vida. Ahora, ha llegado el momento de que elijas. ¿Quieres vivir así para siempre, o deseas volver a tu realidad?

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Pe..pero ¿De qué estáis hablando? Soy vuestro hijo, y no hay más que hablar.

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Mira, Cig – le dice la madre- El Necromancer tiene mucho poder, pero no es infinito. Él acuerdo que selló contigo sólo es válido si tú estás convencido, no puede haber trampas. Has conocido los pros y los contras. Ahora debes decidir.

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¿Conocéis al viejo brujo? Pero ¿Qué pasa aquí?

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Es evidente – subraya el padre – somos una creación del hechicero. La Villa Strangiatto es el mundo ideal, al igual que nosotros. Es el mundo soñado por ti, y que el Necro ha hecho realidad. Sabes lo que coges, ahora debes renunciar a lo que dejas atrás, a tu vida, a tu edad adulta, a tu esposa, a tus hijos.

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Mis hijos…¿Cuándo podré conocerlos? ¿Tal vez cuando me haga mayor?

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Es que nunca te harás mayor – le dice la madre – la niñez es tu mayor tesoro, y siempre la tendrás.

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Entonces ¿Cuándo daré mi alma, si nunca moriré?

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Es precisamente por eso por lo que nunca pasará el tiempo para ti – le responde el padre – tu alma nunca podrá desarrollarse, estás en un limbo eterno.

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Una pregunta – dice el pequeño ¿Y porqué cuando me miro al espejo veo al hombre adulto que he sido hasta hace poco?

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Muy sencillo – contesta la madre – porque sólo te podrás reconocer como niño mirando a los ojos de tu propio hijo. Es así como los hombres conocen de verdad al niño que fueron algún día, lo demás es sólo ilusión. Una ilusión hermosa y eterna, pero una ilusión, de la cual siempre serás consciente.

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Entonces…el pago es muy elevado, porque pago con mi alma, y con las almas de mis hijos, que nunca llegarán a ver la luz.

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Efectivamente, así es. El Necromancer no es tonto, pero no engaña a nadie.

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Tienes que elegir entre el placer edonista eterno, y el desarrollarte como persona, aceptando las responsabilidades que la vida va poniendo ante nuestros ojos. Las palabras de su padre se quedan grabadas en su mente.

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¿Puedo decidirlo mañana?

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Por supuesto, pero no demores mucho más la decisión, no es el hechicero hombre de paciencia eterna.

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Al día siguiente, los juegos, las risas, la diversión sigue fluyendo como un aluvión. Curiosamente, en esos momentos Cignus sigue exultante, no hay sombra de la conversación del día anterior. Solamente, contemplando el sol de la tarde, sobre una montaña de redes amontonadas, mirando su reflejo en el mar, se da cuenta de lo que quiere. Los niños y niñas dibujan en el agua un reflejo de rostros tiernos e inocentes, y entre ellos, un rostro adulto, con las primeras marcas del paso del tiempo dibujadas en su rostro y los primeros asomos de plata en su cabello.

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Esa noche, tras la cena, los hermanos se acuestan. Sin preguntar nada, ya saben que su hermano se quedará a hablar con sus padres.

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Entonces, de pie ante ellos, les comunica su decisión:

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Padres, o lo que seáis: Quiero recuperar mi alma, quiero reconocerme como un niño, no quiero ser un adulto que vive una ilusión, por muy hermosa que sea ésta. Y quiero volver a sentir como palpita el corazón de mis propios hijos.

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Piénsatelo bien, esta decisión no tiene marcha atrás – le dice el padre, tremendamente serio – date cuenta que todos los niños, absolutamente todos los de esta preciosa Villa, tomaron esta decisión mucho antes que tú, y viven en un estado de dicha permanente. No tienes más que verlos ¿Seguro que quieres renunciar a ello? ¿A eones de felicidad, a tu vida soñada?

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Si, lo tengo claro. No pienso cambiar mi vida por la de mis hijos, ni por mi vida futura. Me he dado cuenta de que hay que vivir el presente día a día, no anclarse en los recuerdos, por maravillosos que éstos sean. Así que no perdamos tiempo, quiero retornar ya. ¿Qué he de hacer?

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Muy sencillo, lo mismo que para marchar – le responden al unísono- Y en ese momento, de un rincón de la habitación, sacan un timbal. El mismo timbal surcado por multitud de figuras. Y el niño, sin que nadie le diga nada, coge las mazas y empieza a martillear rítmicamente el tambor. En su mente surge la melodía "beat the drum, beat the drum…" y el sonido se va haciendo más y más penetrante. Los padres, frente a él, comienzan con el oscuro cántico, la penumbra va adueñándose de la habitación, mientras que los cuerpos de los adultos van poco a poco fusionándose en uno sólo.

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Y mientras se realiza el prodigio, el niño se va notando poco a poco diferente, mientras que ese sueño, conocido de antes, se va adueñando de él.

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Y con la misma lentitud, la conciencia lo vuelve a invadir. Y vuelve a sentir el olor a humedad y a polvo de la estancia. Y frente a él, está el Necromancer, pero esta vez no es un anciano, es un hombre grande, fuerte, poderoso, con unos ojos bañados en rojo y con unas manos que desprenden energía.

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¡Vete, aléjate! – le dice con voz atronadora- y llévate contigo a tu miserable alma, antes de que me arrepienta. Y no vuelvas jamás a hacerme perder el tiempo con tus caprichos estúpidos. ¡Corre con tu familia, vuelve a tu vida vulgar, y desaparece de mi vista!

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Tal como se lo dijo, así se apresuró el hombre. Bajó raudo escaleras abajo, y tras callejear perdido, encontró el camino a casa. Ya era la primera hora de la mañana. Entró despacio, y sólo acabar de girar la llave, su mujer se le echó al cuello, cubriéndolo de besos.

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¿Dónde has estado toda la noche, te encuentras bien? ¡Dime algo!

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Pero Cignus, sin responder, se encaminó a la habitación de sus hijos. Allí estaban, durmiendo. Esos niños si que emanaban vida por los cuatro costados. Notaba que su corazón se henchía y, sin pensárselo, los hizo despertar.

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Aún con el sueño reflejado en sus caras, los niños despertaron. Y su padre, sin perder detalle, los miraba fíjamente a sus ojos, a la parte más profunda de la mirada. Y allí, donde los ojos se hacen mar, encontró el rostro de un niño que sonreía. Sí, era él, ahora sabía que su lugar estaba allí, en esa casa, con su familia.

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Y besándolos con infinito amor, los volvió a arropar para que siguieran durmiendo.

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Estoy agotado, -le dijo a su mujer- necesito dormir.

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No te preocupes, descansa cuanto te apetezca, ya me lo contarás todo cuando quieras.

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Y desnudándose, se introdujo en la cama. No sin antes vaciar los bolsillos del pantalón, poniendo sobre la mesita de noche un puñado de sal con olor a mar, ese mar que baña eternamente la Villa Strangiatto.

F I N