¡Hola amigos!

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Cada día cuesta más publicar algo. En este caso, al estar mis meninges casi derretidas por el calor y pringosas por las mil cremas bronceadoras que todos los días me aplico con fruición, no puedo llegar más allá de una sencillita historia de verano. Totalmente verídica, como todo lo que escribo, sin la menor concesión a la fantasía, a la exageración o a la imaginación, pero echándole una “jartá” de humor, porque para temas serios, trascendentes, profundos…ya llegará el mes de septiembre, ése que está ahí cerquita y que parece que va ser primo hermano del Coco.

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Mientras tanto, os deseo de corazón un verano fantástico. Para los que veraneáis, que todo siga igual, o mejor si es posible. Para los humildes y pobrecitos mortales que continuamos de guardia en el campamento, pues eso, a seguir con vosotros, con esos despistados que tenéis la paciencia de soportarme.

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Un abrazo masculino y una lluvia de besos a las lindas féminas.

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Carlos.

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C.S.I. (a la Ibérica)

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Me llamo Negriblanquison, Charles, y soy Coordinador-Jefe del prestigioso Grupo C.S.I. (Criminólogos Súper Inteligentes), que además somos la mar de modestos y humildes todos.

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Sentado en el confortable sillón de piel de mi oficina, repasando fotografías de los más sórdidos asesinatos perpetrados por psicópatas vietnamitas tartamudos, recibo la visita de la encantadora forense Sofy, Sofy Hambhres, así como del detective Elvis, Elvis Cerash.

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Chuck – es como coloquialmente me llama Elvis- tenemos un caso candente. El Fiscal del Distrito, Ronal Gascalientes nos ha hecho llamar. Al parecer, es un suceso confuso, donde nuestra experiencia puede ser vital para resolver este acertijo.

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Rápidamente, cojo mi pequeño maletín que, para una primera observación, me puede ser de gran utilidad e introduzco el instrumental básico: Una lupa, guantes asépticos, tubos de muestras, un microscopio portátil, un mechero bunsen, un pequeño ordenador personal, una PDA, un analizador de fluidos, un cromatógrafo de gases, un analizador de sangre, mi imagen bendecida de la Virgen del Consuelo, una pequeña fotocopiadora con fax incorporado, cuatro cuadernos de apuntes en diferentes colores, un juego de bolígrafos para cristal y plástico, lápices, gomas, una bata de fieltro desechable, una mascarilla anti gases, un medidor láser, unas gafas de visión nocturna, una pequeña cámara de vacío, dos máquinas digitales, un cronómetro, un taburete plegable, un paraguas por si llueve, una foto de la familia con marco de plata, un bonsai para hacer bonito y, como algo básico, mi bocadillo de mortadela y la botella de gaseosa, que a media mañana me entra un hambre de muerte.

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Con estas cuatro cositas, me encamino junto a mis ayudantes al vehículo. Ahí me espera mi joven aprendiz, el italo-americano Luigi Tortellini Carbonara, al cual estoy enseñando para que sea en un futuro tan bueno como yo (algo improbable, por otra parte). No todos pueden ser tan perfectos ni tan increíblemente modestos como yo.

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Son las 09.33’54’’. Llegamos al lugar del suceso. Allí, en el suelo, yace un individuo. Es identificado como William Vicioso. Tiene la cabeza abierta de dos en dos, como una sandía, con un hacha en el centro, dividiendo ambas mitades. Su caja torácica está abierta, y el corazón está fuera, a un par de metros. Además, tiene una pupita en un codo.

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Bien –dice Amely Hanta- la sabuesa de homicidios, ¿Qué nos puedes decir?

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Verás – comienzo a impartir mi clase magistral – tras comprobar el estado del corazón (ese que está a un par de metros del cuerpo), su aliento, el brillo del iris de los ojos y, como colofón, darle tres patadas en los cojones y ver que no reacciona, puedo dictaminar que el individuo, un varón caucásico de entre 14 y 90 años, de raza no negra y que viste fatal, se haya en un estado de ausencia permanente de vida.

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¿Quieres decir…? –Pregunta asombrada por mi sapiencia Sofy Hambhres- ¿Qué tal vez esté muerto?

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Tal vez no, con total seguridad – respondo con mi habitual maestría.

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Los miembros ahí presentes de los S.W.A.T, la C.I.A., el F.B.I., la Interpol y la Asociación de Amigos del Punto de Cruz se quedan impactados ante mi demostración de conocimientos, mi catequesis continua de saber.

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Por ello, animado ante el ambiente favorable, me aventuro a seguir determinando circunstancias del deceso:

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Según las marcas, el sujeto recibió 37 hachazos en la cabeza. Al resistirse, con un cuchillo de destripar gorrinos le fue arrancado el corazón de cuajo. La causa probable de la muerte fue la caída al suelo, donde al rasparse con un tapón de cerveza oxidado, se hizo la pupita del codo que se aprecia. Tanto dolor le produjo la inevitable parada cardiaca.

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Todos asintieron. Mis dictámenes siempre son concluyentes. Aunque una pregunta flotaba en el ambiente: ¿Quién empuño el hacha y quien blandió el cuchillo que se introdujo en el pecho de la víctima?

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Pregunté a Amely acerca de los familiares del finado. Me indicó que estaba casado, así que me encaminé a la dirección de la viuda. Esperaba que la policía hubiese dado esa trágica noticia por mí, no quería ser el mensajero de tan doloroso mensaje.

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Llegué a la casa, una hermosa vivienda en el cruce de CorridadeToros Drive con Borregón Street. Allí encontré a la viuda, en el jardín de casa, practicando su afición favorita: cortar troncos de eucalipto con enormes hachas con hoja de acero toledano. Curiosamente, el mismo modelo que el se encontró en el lugar del crimen, concretamente entre ambas mitades del cráneo de su difunto marido. Pero, en fin, no era momento de empezar a buscar remotas posibilidades.

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La esposa, una atractiva y joven mujer, extendió su encallecida mano, la cual estreché con frialdad. Se identificó como Naomi Cidha y se casó con su esposo, 47 años mayor que ella, sólo por amor, ignorante de su fortuna. Evidentemente, no tuve más remedio que creerla, su historia parecía totalmente veraz. Inspeccionando su domicilio, mientras ella me preparaba un exquisito combinado de Anís del Mono con vino peleón, admiré su colección de puñales, cuchillos, lanzas, pistolas, revólveres, fusiles, lanzallamas, bombas de mano, bazookas… y al lado de todas ellas, una foto de Naomi abrazada a un ganso. No cabía duda. ¡Era una pacifista, odiaba la violencia! Admirándome a mí mismo por mis increíbles dotes deductivas, me despedí de la anfitriona, la cual se había quedado bailando salsa en el salón mientras derramaba sobre su cuerpo una botella de Don Perignon. Se nota que estaba consumida por el dolor.

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Volví a mi despacho tras las pesquisas de la mañana. Allí, en la soledad propia de los muy intelectualmente dotados, me dirigí hacia el armario de puertas mallorquinas que tenía a mis espaldas. Abriendo la hoja izquierda, estaba como siempre.

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Era mi difunto abuelo, Zebulón Chash de Bacon, al cual embalsamé tras su fallecimiento, tal y como expreso en su lecho mortal, tras su espantosa y agónica muerte, accidental pero terrible. Resulta que preguntó a su mujer, mi abuelita, Angela Dhiyas, que como se preparaba el bacalao rebozado, a lo que ella respondió “tienes que meterlo en aceite hirviendo, con la cola en la boca, durante seis minutos”. Cuando le sacaron la cabeza de la sartén, a los cuatro minutos, su rostro estaba irreconocible. Eso sí, seguía con la cola del pescado bien agarrada entre sus dientes.

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Una vez recompuesto su rostro, su contemplación me sirve de inspiración. Yo le pregunto y a veces siento que me responde, y eso hace que mis prodigiosas neuronas, de él heredadas, se activen.

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Un rato después, Sofy, Elvis y Luigi me traen una ficha completa del difunto. Carecía de enemigos. Tan sólo había cerrado un par de empresas, dejando a un par de millares de trabajadores en la calle, se había quedado con el dinero de varias sociedades, dejándolas en bancarrota y a los socios arruinados; tenía media docena de hijos ilegítimos a los cuales se negaba a reconocer; les había comunicado hacía poco a sus tres hijos fruto de su primer matrimonio que iba a rehacer el testamento para desheredarlos, justo un día después de su extraña muerte; mediante influencias y sobornos, había mandado derribar una residencia de ancianos, un orfanato y un albergue de enfermos terminales sin recursos, para edificar en su lugar locales de alterne. En definitiva. ¿Quién querría matarlo? Era una muerte sin sentido, no encontraba conexiones por ningún lado, me hallaba perdido.

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Tuve que continuar la investigación. Los vecinos tampoco me pudieron aportar gran cosa. El que vivía enfrente, Armin Gafloja, el cual había perdido las dos piernas al ser arrollado por el deportivo de William, al dar éste marcha atrás y tras destrozar el jardín de su vecino, le seccionó las extremidades.

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Un vecino ideal este Will, pensé para mis adentros. Las pistas se diluyen ¿Quién o qué, cuál sería el móvil?.

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Esperaría a la mañana siguiente. Éste no sería el primer caso que dejase sin resolver. Seguro que no.

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C O N T I N U A R Á

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