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Bien, mis buenos amigos, al fin salió mi Alejandro este lunes del hospital. Ahora está en casita, tumbado como el Maharajá de Kapurthala, entre 32 cojines, porque no puede estar sentado, con más agujeros en la tripa que mi cuenta corriente, comiendo en su bandeja de patas extensibles sopitas, zumos varios y cosillas así para no provocar demasiado a su recién estrenado tracto digestivo y que se le pueda declarar en rebeldía.

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Vuelvo a tener noción de la noche y el día, porque estos 7 días me levantaba a las 6, me iba al hospital y regresaba a las 10, cenaba y al sobre, con lo que me enteraba de bien poco, tan sólo de que ha llovido mucho, de que comer a base de bocadillos envasados al vacío durante varios días es la antesala de coger el escorbuto, que me he dejado un par de kilos por ahí perdidos entre los pasillos y salas hospitalarias, que no tengo prisa en recuperar, y que cuando es un niño el que está convaleciente, el trato que se le dispensa es EXCEPCIONAL, con mayúsculas, por parte de todos los profesionales sanitarios. A todos ellos, gracias de corazón. Las enfermeras son un amor TODAS, sin excepción. (y lindas, por cierto).

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Una vez comunicado que todo marcha lentito, pero bien, como debe ser, una pregunta se ha adueñado de mi imaginativa mente ¿Cómo hubiese sido todo si hubiese recurrido a la sanidad privada?

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Golpeado por las dudas, decidí hacer una investigación en profundidad en una serie de clínicas y hospitales de la Región, para establecer unos análisis comparativos pertinentes, que me facilitasen tomar una decisión, si volvía a producirse (Dios quiera que no), entre elegir entre la sanidad que todos pagamos y esa que se costea cada cual de su propio bolsillo.

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Así, penetré en el aseo de caballeros (eufemismo para llamar a una especie de pocilga donde se hacen las necesidades corporales) como Carlos, abnegado y aguerrido padre de familia, ciudadano normal, un ser anónimo más que conforma nuestro entramado social, y salí convertido en el genial, único, irrepetible y extraordinariamente modesto investigador criminológico Charles Negriblanquison.

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Así que encaminé mis egregios y elegantes pasos, con donosura y naturalidad hacia la primera de las clínicas privadas objeto de mi investigación.

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Disfrazado hábilmente de enano tirolés con traje de bombero (para pasar inadvertido), me dirigí a la primera área de investigación.

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En una zona distinguida de la ciudad, un elegante rótulo rezaba: “Centro Médico Internacional Especializado en Problemas de Visión”.

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Con un subrótulo: “Su vista es nuestra preocupación. Devolver la luz a su vida es nuestro objetivo”.

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Y aún más abajo, con letras del tamaño de un hipopótamo: “Somos el primer centro a nivel mundial donde hacemos trasplantes de ojos”.

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Me quedé de piedra. Ignoraba que tal operación pudiera llevarse a cabo ¿Cómo es que los telediarios no habían informado de ello? La duda laceraba mi entendimiento. Debía descifrar el porqué.

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Echaría un vistazo al centro oftalmológico de marras. Siempre puede ser útil. Tal vez en un futuro algún familiar, o yo mismo, necesitase tal trasplante.

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El interior, sin embargo, no era tan lujoso. Una vieja desdentada me señaló un cuartucho donde se hacinaban varios futuros pacientes. Al poco rato se abrió la puerta. Un individuo de mediana edad salió con un parche cubriendo un ojo.

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¡No resisto la tentación de quitármelo! Dijo nervioso. Y se colocó ante un espejo, levantó la telilla que cubría su ojo y para su sorpresa descubrió que ¡¡LE HABÍAN PUESTO UN OJO DEL CULO!!.

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Ya me extrañaba a mí. Demasiado bonito para ser verdad. Bordeaba la ley, porque nunca especificó a qué ojo se refería. El que el médico de nombre Mustafá Zineroso, argelino-uruguayo, propietario de la clínica, obtuviese el título en la Universidad de Villagarbanzos del Cocido Empachoso, debería haberme puesto sobre aviso.

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Así que descarte esa clínica, encaminándome al siguiente centro médico de mi lista. Esta vez mi traje de jorobado escocés con orquitis fue ideal para penetrar en el siguiente centro médico. Este se llama “Corporación Pellejo Estetita”. Entré discretamente, a ver si podía captar alguna conversación. En estos centros de cirugía estética y plástica se puede uno encontrar sorpresas. Y vaya si me las encontré.

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Una chica, muy atractiva ella, pero con una anatomía a nivel de la zona torácica realmente extraña, llegó exigiendo que el doctor reparase el desaguisado que le había hecho. Salió el doctor, Amaranto Raja Mones, y le dijo que pasase por su consulta en 5 minutos, que el iría cuando acabase una intervención.

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Ni corto ni perezoso, me introduje en su despacho sin ser visto, y me oculté tras una delicada y preciosa figura de alabastro que representaba a dos morsas árticas albinas gigantes copulando bajo una aurora boreal.

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Al poco entró la paciente, de nombre María Mercedes Latón Tadelculo. Le espetó al doctor Amaranto (cuyo título académico estaba escrito a lápiz, que curioso):

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Sr. Doctor, Yo le dije que quería tener muchas más tetas.

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Bien, señorita – contestó - ¿Dónde está el problema? ¿No tiene más?

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Claro, pero me refería a volumen. Ahora tengo 7 tetas. Y desvistiéndose, mostró un torso que parecía un anuncio de “Lecherías Pepito, leche, yogurt y quesitos”. Madre mía, que empanada mental de tetas.

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Ante tal hazaña quirúrgica, me largué de ese antro de chapuceros cuando pude, buscando mi siguiente clínica. (Ahora camuflado como capador de iguanas gigantes).

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Al rato llegué frente a un pequeño hospital, denominado pomposamente “ A TUS COMPLEJOS PON COTO: OPERAMOS DEL PENE Y DEL ESCROTO”.

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Traspasé el umbral. Es un tipo de clínica que no necesito, obviamente, pero bueno, tal vez para recomendar a algún amigo…

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Observando el panorama y contemplando los títulos expuestos en la pared (Todos de la Universidad de Antananarivo, en Madagascar), entró un individuo con aspecto de estar necesitado. ¿Dónde está el doctor? Decía. Una linda enfermera lo tranquilizó y le hizo sentar. Cinco minutos después salió el galeno, un mulato con el pelo teñido en malva.

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Doctor – le dijo el azorado paciente – quiero que el miembro me llegue lo más abajo posible, estoy harto de no dar la talla, ¿Podrá hacerlo?

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Por supuesto -le respondió-, en un par de horas su pene barrerá el suelo y las baldosas del suelo le harán cosquillas en sus cataplines.

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¿Y no hará falta largos, costosos y dolorosos tratamientos de alargamiento de pene y….?

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Quite, quite – respondió el doctor N’gme Sokonka Pullo Ghrande- mi sistema es rápido y sencillo.

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A las 3 horas, el paciente salió del quirófano. Recuperado de la anestesia, el doctor le dijo: Ahora verá como mis palabras son ciertas. Lo bajó de la camilla y lo dejó en el suelo. El paciente parecía un hobbit por la altura, porque LE HABÍAN CORTADO LAS PIERNAS

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¿Ve? Dijo el médico entusiasmado. Ahora su pene le arrastra por el suelo. No dirá que no he hecho bien mi trabajo.

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Anonadado, abandoné ese inmundo hospital. Ya había visto suficiente, aunque accidentalmente pasé por la clínica “Hermanos Garañones, cosidos y costurones”. Justo ante mi entraba un hombre que casi no podía caminar. ¿Podría ayudarme? – Me dijo- Tengo una enfermedad muscular en las piernas, y necesito que me operen de los gemelos, para poder volver a caminar con normalidad.

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Le explicó a uno de los hermanos cirujanos, Abundio Garañones, que su problema eran los gemelos. Y ni corto ni perezoso, lo tumbó en una camilla y lo envió directo al quirófano.

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A la hora, este “cirujano” se me acercó preguntándome ¿Es usted familiar del paciente? Pues no, pero dígame que ha pasado.

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Pues verá usted – me respondió – le hemos hecho la cesárea, y por más que hemos buscado, no hemos hallado ni rastro de los gemelos ¿Sabe usted si pudo haber abortado espontáneamente?

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A partir de ahí, mis dudas se disiparon. Aunque haya saturación, listas de espera, se pierdan radiografías por docenas, vengas con dolor abdominal y te realicen las ecografías en el sobaco, se cometan errores de vez en cuando, me quedo cien veces con la sanidad pública. Después de mi labor de investigación, la sanidad privada para quien la quiera.

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Un gran saludo a todos, besos a las lindas damas, y me tenéis a vuestra entera disposición cuando queráis disipar cualquier duda sobre alguna duda que os atenace y os atormente el alma.

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CARLOS.

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