LA ESPERA APASIONADA (RELATO ERÓTICO)

 

 

  Este pequeño relato, he de advertir, es un digno y elegante plagio. Ante la falta de ideas, la escasez de argumentos, la nula imaginación, he copiado de forma sibilina un bello relato de la simpar Lidia. Se trata de  una de sus historias impregnada con su sello particular, donde la pasión, el amor, el misterio, las brujerías, los hechizos y los encantamientos se hacen presentes. Ella lo llamó "Evocación". Pero mi copia es más bien una "Sofocación".

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         Todo estaba preparado para empezar, para que comenzara la orgía evocadora de sensaciones.....Hasta aquí todo normal, pero...

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         El flamante fonógrafo junto al radio-casette, los cirios negros que le prestó el amigo del tanatorio, se había duchado (20 días antes de lo previsto, la ocasión lo requería), se había perfumado con esos afeites sensuales mezcla de grasa de morsa y alfalfa fresca.

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         A continuación, se vistió con lencería de alta carga sensual: Sus braguitas preferidas de pana de cuello vuelto, su sujetador de esparto con puntillas de arpillera, todo insinuado a través del camisón que heredó de su bisabuela. El conjunto perfecto para disimular las manchas de roña sobre su áspera piel (usaba su antebrazo como rallador de pan).

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         La bella música que acompañaba ese mágico momento era cómplice de su soledad. Sus manos alcanzaron una copa a medio llenar con anís del Mono y vino peleón, su combinación exquisita y mágica. Sentada en su sillón de orejas de piel de lombriz, mirando a través de la ventana (o intentándolo, porque la capa de mierda de los cristales era considerable), esperaba a su amorcito, que embarcó un par de meses atrás en pos de un banco de pulpos cabezudos, abundantes en aquellas terribles costas.

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         El aire que entraba a través una rendija de la ventana parecía acompañar a la preciosa música de fondo, concretamente "Maté a pedruscos al barítono de los cojones", interpretada por el grupo de percusión de zambomba, pandereta y clavecín "los Indomables del Ritmo", del pueblo cercano de Villacapullos del Frenillo Rugoso. La brisa meció a la cortina hasta que impactó con su cuello, el lugar donde él solía dar los lametones. Estos lengüetazos anunciaban el posterior  maremoto de pasiones, que recordaba con nostalgia, llorando a moco tendido al recordar al macho que la tenía rendidita, a la vez que resoplaba como un mandril en celo.

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         Se metió otros dos copazos entre pecho y espalda y ya dándole igual ocho que ochenta, se dejó caer en el sofá imaginando que Alfonso Bamé Mogollón, que era el nombre del aguerrido marino le hacía un traje con la lengua.

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         La mezcla del deseo perruno, la preciosa melodía, la exquisita bebida la llevaron al estado de ponerla colorá perdía, engangrená de la pasión, llegaba a creer que era él quien le metía mano (pobrecita mía).

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         Ella, que le había sido fiel durante esos dos interminables meses de sufriente ausencia. Tan sólo un pequeño escarceo, puramente carnal, con su casero, con el panadero, el lechero, el del butano, el zapatero, el quiosquero, un policía municipal, un heladero, un albañil, un pintor, un encofrador, un dependiente de supermercado, el chico de los recados, un cajero de banco, un viajante de compresas, un psicólogo, un profesor de baile, un fontanero, un pocero, un equilibrista, un fabricante de  botijos, un mimo, un seminarista, un espeleólogo, un polemista televisivo, un cirujano, un vendedor de la ONCE, un buceador, un piloto de rallys, un empleado de funerarias, un cabrero, un linotipista, un parado y un domesticador de alacranes. Pero su corazón seguía siendo puro y su alma sólo pertenecía a su amado.

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         Sudando como un pollo, con el esparto del sujetador medio desecho, gimiendo como un orangután enamorado, estaba como a él le gustaba, a puntito.

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         Mientras fuera soplaba un aire de narices, en su interior los limones salvajes del Caribe estaban explosionando. Se chupaba los dedos como una posesa, mientras que con la otra mano se iba de visita a la cueva de Alí Babá, que parecía un bebedero de patos.

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         La chiquilla no sabía si, debido a que estaba peda perdida o más húmeda que el sobaco de un salmonete, pero notó como el sujetador se le desprendió dejando al aire una de sus peras (como si estuviera en Ibiza) y alguien jugueteaba con el pezonillo, el cual estaba tan tieso que se podrían colgar en ellos el cuadro de las Meninas.  Si...era él.

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         No creía lo que veía. Estaba ahí, de nuevo. No dijo ni palabra, sólo dejo que siguiera con la faena. Sus sueños se habían materializado en carne y hueso (más carne que hueso). Al sentir el estremecimiento en ella, el solícito galán hizo lo que debe hacerse cuando entra frío: tapar el hueco. Y allí que fue. Moviéndose más que un congreso de epilépticos bailando reguetón, la chica alcanzó la cima del placer varias veces, cayéndose incluso montaña abajo, al son de las notas de los Tres Gangosos Tartamudos cantando "Under my potorro".

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         Tras tanto ajetreo llegó el sueño, arropada por el brazo de él, con ese aroma a sobaco sudoroso que tanto conocía (le cantaba desde tres calles antes de llegar). Que buen conjunto hacían, los pelos axilares de él y los del bigote de ella se entremezclaban en armoniosa combinación.

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         Tras roncar cual marranilla no se sabe cuantas horas, los rayos del sol matutino la sacaron del trance. Tristemente descubrió que se hallaba sola, como los últimos meses. Pero no podía haber sido un sueño, si todavía el tufo de la colonia de él "Machote's" se dejaba oler en la estancia.

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         Además despertó abrazada a la chaqueta de piel de borrega vieja favorita de su amado, la que usaba en lugar de albornoz (al tío le parecía una mariconada).

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         ¡No es posible! Exclamaba mientras se daba de tortas y cabezazos contra la pared. ¡Me ha fallado la invocación, el conjuro! Si es que soy tonta, se repetía una y otra vez, ya lo decía mi padre "esta nos ha salido boba del bote". No aparecerá, me quedaré para vestir santos.

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         Pero de pronto escucha algarabía en la calle, gritos y risas. ¿Qué pasa? Pregunta nuestra protagonista. Si aún no son las fiestas del sacrificio del buey desde lo alto del faro.

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         De pronto golpean la puerta. Asustada, se coloca lo primero que encuentra (un trozo de sábana vieja empleada para limpiar las babas sarnosas de su perro pachón, enfermo de escorbuto) y abre la puerta. Su amiga, Leonor Gasmo Grande, le dice loca de contenta: ¡¡Ha vuelto, está ahí, lo han encontrado!!

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         Nuestra heroína es incapaz de reaccionar, hasta que lo ve, llevado en brazos por fornidos marinos, a su amor, al hombre de sus sueños. Está bien, tan sólo quemaduras por el sol de grado 3 en el 98% de su cuerpo, los dedos de los pies devorados por cangrejos caníbales, y medio hígado asomando por la oreja, pero salvo esos detallitos, se recuperará.

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         Nadie podía explicarse como podía haber aparecido sobre aquella roca, cuando habían buscado y rebuscado cien veces en cada sitio, pero el caso es que esa mañana apareció tirado cual colilla en ese acantilado junto al faro.

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         La muchacha sonrió para sí. Las palabras de aquella mujer desconocida por aquellos lares, que apareció una noche de luna llena y dirigiéndose a ella le dijo "Yo haré que desaparezca la tristeza de tus ojos..." Y en efecto, hice la invocación tal como ella me indicó y ahora la felicidad llena todo mi ser...o lo que queda de él, por el precio que tuve que pagar.

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         Ahora puedo contemplar a mi amado con mi ojo (el otro se lo di a la bruja), abrazarlo con un brazo (también le di el brazo izquierdo), bailar con él a la pata coja (entregue a la hechicera mi pierna derecha), dejar que susurre un "te quiero" a mi oreja (a la derecha, la izquierda también la tuve que dar). Mi amor me llama cariñosamente "Muñeca" (debido a que ahora carezco de ombligo), y no puedo coger infecciones, porque también le dí mi bazo.

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         Pero en fin, el amor es ciego (en mi caso tuerto), y ha sido poco el precio que he tenido que pagar para que el conjuro del amo haya devuelto a lo que más quiero en esta vida a mi de nuevo.

 

FIN