Para alguien que me recomendó que no fuese tan vago y volviese a publicar. No es por vaguería, es por otros motivos. En fin, ahí queda eso. Luego dirás que me falta imaginación. A ver quien lo supera.

 

 

TRONO DE SANGRE

 

 

El Rey de Corazones contempla, altivo, investido de un poder adquirido en el albur de los tiempos, a su Corte, a sus súbditos, a todos aquéllos que le rinden pleitesía. Desde el rojo oscuro, a ratos carmesí donde domina a su humillada mesnada, de un trono conformado en sangre, hace y deshace a su antojo.

         El líquido se ha hecho substancia sólida, el cuerpo del monarca reposa sobre el fluido plasmático hecho piedra. El estrado lo eleva aún más sobre los ojos de los pobres mortales que lo contemplan. Cuando la sonrisa asoma a sus labios, el silencio se abre camino, como un marasmo de pavor, entre las apretadas filas que lo observan.

         Consciente de su poder, hace un gesto con su mano, pretendiendo ser a la vez benevolente y agradable. Un ser humilde, que no se atreve a levantar sus ojos más allá de las baldosas del suelo, se acerca poco a poco, impelido en parte por los empujones de uno de los chambelanes.

         El infortunado, a cada paso que da, empieza a pensar si realmente valió la pena solicitar la ayuda de su Rey, de su Señor, del Dueño de su Vida y de su Alma. Sus modestas tierras eran esquilmadas una y otra vez por grupos de desarrapados, de vagabundos, las sequías se repetían una y otra vez. Sabía que la única forma de poner coto a sus desdichas, de no ver arrastrada a la miseria a su familia era la intercesión de su Soberano. Y sabía cual era el precio que tenía que pagar.

         Ya, desde el nacimiento, los neófitos entregaban parte de la esencia divina que circulaba por sus venas al Sumo Señor, y quedaban unidos a él por un lazo invisible e indivisible de por vida. Si en algún momento su existencia era desgraciada o corría peligro, podían recurrir al Dueño de sus Voluntades.

         El labriego llegó a los pies del estrado. Con la cabeza pegada al suelo y su mano izquierda agarrada a una de las viscosas patas del trono conformado en sangre pura, comenzó a narrar sus cuitas. El Soberano, con la mirada perdida en un mar de roja indiferencia, repetía: Bien, bien, bien...hasta que las peticiones cesaron.

         Entonces, parsimoniosamente, sus manos se separaron de los brazos de la silla regia, y con las palmas dirigidas hacia el suelo, se fueron cargando de la energía proveniente del corazón de su reino. Rayos azules, como minúsculos relámpagos que iluminaban la sala, hasta el momento en penumbra, fueron ascendiendo desde las manos a todo su cuerpo. Entonces se puso en pie, y con los ojos inyectados en sangre, tomó de los brazos al súbdito y lo puso en pie. Colocó las manos en sus sienes y con esa mirada de fuego contempló en los ojos espantados del campesino lo que éste había venido a pedir.

         Un silencio sepulcral se formó alrededor de la escalofriante escena, a la vez que murmuraba el Rey de Corazones: "He proyectado el poder de mi Reino a esas modestas tierras que posees. A partir de ahora serán feraces, y nadie se acercará a ellas, porque sentirán mi poder, y el terror les hará pasar de largo. Ahora cobraré mi precio".

         Y sin separar sus manos del asustado rostro del pobre hombre, sus labios se fueron acercando poco a poco, hasta que se juntaron con los del infortunado. Éste se dejó hacer, sus brazos inertes, su cuerpo tembloroso, mientras una corriente helada de aire iba de aquí para allá por toda la estancia. Un aura azulada envolvía al Monarca, el trono refulgía en un rojo escandalosamente brillante, las gotas de sangre iban saliendo a  borbotones por todas las partes del sitial, mientras que de la boca del Rey la sangre escapaba de sus comisuras, tal era su avidez de sangre ajena que era incapaz de asimilar toda la que absorbía del corazón del desdichado.

         Pasó un tiempo, segundos para un observador imparcial, siglos, eones, para los que estaban presenciando el macabro acto, y las manos se desligaron del rostro del campesino. Este cayó desplomado al suelo. Su Señor lo contemplaba, ahíto de sangre, esperando que poco a poco se recobrase y se alejase tambaleándose, en espera del siguiente peticionario.

         El súbdito llegó como buenamente pudo a brazos de su familia que lo esperaba entre señales de pavor infinito. Había salvado la hacienda, pero a un precio terrible. Ahora lo que le quedaba de vida había quedado reducido a la mitad, era el precio que había que pagar al Rey de Corazones.

         Éste, ahora volvía a tomar asiento en su Trono de Sangre. Por momentos se hallaba saciado, era sin duda mucha la vida que había acabado de succionar, ese hombre era de recia encarnadura, no cabía duda. Ahora tenía es esperar al siguiente mientras su infinita sed de sangre, de sangre del corazón de sus fieles, nunca acababa de saciarse.

 

¿Continuará?