Recapitularé los hechos:
Un hombre, posiblemente varón, masculino, macho machote, de edad adulta, ha sido asesinado hasta dejarlo muerto y sin vida. La muerte se la ha producido una terrorífica pupita que le ha erosionado un codo.
Existen diversas variables, puestas hábilmente por la prodigiosa mente criminal que ha perpetrado tal crimen, con la intención de desviar la atención de cualquier criminólogo ingenuo, pero ignora, infelice de él, que yo, el mayor genio de la investigación de homicidios de la edad contemporánea, no me dejaré llevar por los cantos de sirena que me quieren arrostrar hacia una costa plagada de arrecifes de mentiras y falsedades.
Conozco a la perfección estas mentes emponzoñadas, llenas de una viscosa capa de maldad que nublan sus actos. Desde que a la tierna edad de 7 años, mi bicicleta con ruedines fue víctima de un criminal sabotaje perpetrado por el vil Vincent G. Arrullo, de 6 años, consumido por la más abyecta envidia al no poseer tal preciado velocípedo. El mentado infante psicópata aflojó el tercer tornillo del ruedín derecho, y bajando a toda velocidad (7,2 Km/h) por Zarzaparrilla Avenue, camino de la tienda del honrado Bob Halicon, se produjo la inevitable secuencia dramática:
La rueda se desprendió, la bicicleta se desequilibró, haciendo que saliese despedido, con tal virulencia que rodé cuan largo era a través del cálido asfalto. Mi cuerpo acabó dando contra unos cubos de basura, mientras que el vehículo, de sólo tres ruedas ahora, se estampaba contra una boca de riego, explotando en llamas. Mientras que el agua comenzó a manar, el humo y el fuego creaban una imagen dantesca, mientras los golfillos de la calle bailaban semidesnudos alrededor de la columna de agua y fuego en un apocalipsis de destrucción.
Y mis ojos, enturbiados por el humo, por el dolor del golpe y por el mareo de tantas vueltas, contemplaban los del joven aprendiz de asesino, inyectados en ira, con una sensación de venganza cumplida, de pequeño paranoico. A la vez que aventuraba para él un triste futuro, prometí que dedicaría mi existencia a convertirme en el mayor investigador en el campo del asesinato, del homicidio, del intento de sesgar vidas, todo ello conducido por mi superior intelecto y por mi mente preclara.
Así fue. Años después, el proyecto de criminal Vincent fue capturado tras cometer su tercer asesinato, el de William Fly Fly, el magnate de las compresas con alas. El muy ingenuo pidió clemencia al Gobernador del Estado, ignorando que en aquellos momentos dicho cargo lo ocupaba el ultrapacifista y amiguito de las soluciones dialogadas George Bush Jr, con lo que lo tuvo claro.
Ni que decir tiene que ese caso lo resolví yo, y momentos antes de ser ejecutado de la forma más terrible, a pellizcos, propinados por la Asociación de Larigectomizados de Wichita, pudo ver mi enemigo de la infancia mis ojos clavados en los suyos, diciéndole: “no hay crimen sin castigo”.
Ahora me encuentro en la morgue, con el cadáver ante mí. Todos esos indicios (cabeza abierta a hachazos, caja torácica despanzurrada, corazón fuera del cuerpo) me dijeron poco. Debía haber algo más.
Hurgando entre sus efectos personales, mis chicos encontraron dentro de sus bolsillos lo habitual: un pañuelo, la cartera, un monedero, un encendedor, un pastillero con pastillas Juanola (un remedio español de fama mundial, infalible contra la tos cojonera; evidentemente era un hombre con contactos), una navaja de 8 muelles, un palillo usado, un pequeño orangután de peluche, un ticket de lavado de su auto, un bombón a medio masticar, un cortaúñas, una reproducción a escala de un botijo visigótico de una antigua visita a Spain, una nariz de payaso ¿¿??, un yoyó, un bolígrafo, un lápiz, una goma, una pequeña calculadora, un teléfono móvil, una PDA, un analizador de glucosa, un podómetro y un tensiómetro. En definitiva, lo que cualquiera llevaría en sus bolsillos. ¡Nooo! Olvidé un pequeño detalle. Un envoltorio de un paquete de chicles sabor aguacate con jamón. ¡Qué casualidades tiene la vida! Es justo mi sabor favorito.
No había sospechosos. Ni su santa esposa (que heredaría su fortuna, 47 años más joven que él, y con el hobbie de dar hachazos), ni su vecino paralítico por culpa de una negligencia del finado, ni los miles de trabajadores despedidos sin motivo, ni los maridos engañados, ni los pobres diablos estafados por la víctima, ni los ancianos y huérfanos arrojados al arroyo… ninguno de ellos arrojaba luz suficiente sobre el crimen.
Decidí investigar por los alrededores. Eché mano al bolsillo en busca de un chicle sabor aguacate con jamón, mi preferido pero ¡horror! Se me habían acabado.
Justo ante mis ojos, apenas a un par de manzanas de la residencia de la inocente víctima, un cartel rezaba. “only one dollar”. En efecto, era un chino. En ese inmenso colmado, se expendían desde televisores de plasma y hemoglobina a cazuelas para cocinar sopa de foca; desde condones de tripa de canguro hasta servilletas de papel con la efigie de la Vicepresidenta del Gobierno de España, todo era posible encontrar allí.
Me acerqué a un dependiente. Era pálido, delgado, de cabello oscuro y lacio, ojos rasgados, tono de piel blanquecino, casi amarillento. Era evidente; no era guineano. Le pregunté de forma escueta: Escucha, pedazo de limón exprimido con patas (noté que se ponía tenso ¿porqué?), ¿Tienes chicles Boom Boom Plaf Plaf Gumma Gumma Chichi Chichi Cua Cua Bark Bark de sabor aguacate con jamón?
Sacó un paquete de debajo del mostrador. Su importe, contradiciendo el rótulo que daba nombre al establecimiento, era 1,05 $. Le di un billete de 20, esperando el cambio. Un temblor recorrió su cuerpo como si el huracán “Leopoldina” sacudiera con crueldad el algarrobo centenario de San Benito Cámela, en la misión franciscana de El Paso. Compulsivamente, me devolvió el cambio, entre rictus que hacían parecer su rostro un puro sarpullido purulento.
Automáticamente, tuve una corazonada. Llamé a mi médica forense favorita, la exuberante y sexy (aunque calva) Sofy Hambhres. Le pregunté lo que había en el interior del estómago del cadáver. Su respuesta me hizo dirigirme de nuevo a la tienda regentada por ese nervioso oriental.
¡Tú, Fumanchú de vía estrecha! Le dije con mi habitual tacto, ¿conoces a este fulano? Mientras que le mostraba una foto. No salía de su asombro, se quedó mudo.
¡Mierda! Le había enseñado la foto que me hice cuando iba a hacer el salto del tigre vestido en taparrabos de piel de conejo moteado sobre mi mujercita.
Rápidamente, le enseñé la foto correcta. Palideció (aunque era difícil percibir, los chinos son así).
¿Cuántas veces compraba chicle este hombre en tu tienda? ¡¡Responde!!
Pues…unas 15 o 20 veces.
En efecto, según el dictamen de la autopsia, engullía aproximadamente 1,5 kgs. Diarios de eses chicle. Era, básicamente, su alimentación (hay gente p’ató).
Y…¿Te daba justo los 1,05 $ o…cómo te pagaba?
Pues…….Y de repende el chino rompió a llorar desaforadamente.
Siempre me pagaba con billetes de 100$, por los menos 20 ó 30 veces al día. Y siempre tenía que darle el cambio. Me dejaba sin nada de calderilla en la caja. Todos los días igual. Además, se regocijaba viéndome buscar monedas como loco por todas partes, buscando en el fondo de mis bolsillos, en el de los demás compañeros, era insoportable. Un día que no tenía cambio, amenazó con denunciarme por tener a 175 compatriotas trabajando en un cuarto de baño fabricando zapatillas Nike auténticas. ¿Hacía yo mal a alguien con eso? El me obligó, tuve que hacerlo, tuve que hacerlo, tuve que…..
Basta ya, jodío charly (yo siempre tan encantador). No digas más, que todo lo que digas hará que la jodas aún más. Así que cierra el pico y llama a tu abogado, si es que tienes, jejeje (que delicado soy).
Esta mañana, la Jefa de Policía de la ciudad, Anitta Guenalajodía, me ha impuesto mi enésima condecoración. Mis hombres, Sofy, Elvis y Luigi, me contemplan embelesados. Quieren ser como yo. Y los comprendo. Pero nunca llegarán a tener mi incomparable modestia, además de mi inteligencia, mi carisma, mi don de gentes, mi habilidad deductiva y mi colección de orinales del barroco bávaro en miniatura.
Ahora, vuelvo a abrir la puerta situada a mis espaldas, en mi confortable despacho, y el rostro momificado de mi santo abuelo, Zebulón Chash de Bacon, me contempla a través de sus ojos de cristal. Juraría ¿O tal vez es efecto del titubeo de la luz de la lámpara? Que me ha dirigido un pequeño rictus de satisfacción. Desde luego, querido abuelito, puedes sentirte orgulloso. Tu estirpe nunca morirá.
Así que, queridos míos, si decidís seguir algún día la senda de la investigación criminal, si decidís que bucear entre las procelosas aguas del crimen y del horror es lo vuestro, no dudéis en seguir mis pasos, para que algún día podáis decir con orgullo que la resolución de cualquier crimen, por difícil que éste parezca, tan sólo pende de la disposición de vuestro cerebro, de vuestra mente analítica, para solucionarlo.
Perdonad, os tengo que dejar, acaban de comunicarme que un peluquero de caballeros pakistaní acaba de morir ahogado. Dicen que comenzó a beber agua de un botijo, y como desconocía el artilugio, no supo de qué forma pararlo y se asfixió. Parece rarito ¿Verdad? Ya mismo voy a investigar.
Besos y abrazos para todos.
Charles Negriblanquison.